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SEGUNDA PARTE:
FUNDAMENTOS DOCTRINALES

I. La persona humana

II. La comunidad humana

III. La comunidad nacional


I- LA PERSONA HUMANA

38 Como en toda historia, también en la nuestra están en juego la vida y el destino del hombre.

Por lo cual, en el momento en que la comunidad argentina busca reconstruirse para caminar con madurez hacia su futuro, es ineludible partir de la búsqueda siempre renovada y, si es el caso, rectificada, de una auténtica concepción del hombre. No se podría determinar un sistema prescindiendo del hombre para forzarlo luego a entrar en él.

Sería vano proyectar minuciosamente una organización cuyo propósito, en el mejor de los casos, no fuera más que el de lograr un ordenamiento formal, mecánico y abstracto que no sirviera a las exigencias perennes de la naturaleza humana ni recogiera los auténticos rasgos del hombre, históricamente incorporados a nuestra propia nacionalidad.

1.- Ser personal

39 Los cristianos comprendíamos nuestra visión del hombre al profesar que Dios lo ha creado “a su imagen” <6> otorgándole una dignidad que lo emparienta con El mismo, ordenándolo a un fin trascendente, divino.

Su dignidad en el orden natural reside en el hecho de que es persona. Dios, y en el ámbito de esta creación visible, solamente el hombre son persona. Y el hombre es persona porque es espiritual y por lo mismo es inmortal.

Por este motivo el hombre es principio, sujeto y fin de todas las instituciones sociales <7>.

Dotado de inteligencia, puede conocer la verdad: no sólo sabe que existe, sino cual es el rumbo que ha de dar a su existencia.

Al poder determinarse a obrar por sí mismo, eligiendo el bien, encuentra en su libertad un signo eminente de la imagen de Dio, quien lo ha querido dejar en manos de su propia decisión <8>.

2.- Su puesto en el universo y su tarea cultural

40 Dueño y responsable de sí mismo, de su actividad y de su destino, el hombre se encuentra en su existencia ante la tarea de desarrollarse libremente como persona, en todos los niveles de su vida de manera coherente con su propia naturaleza y con el puesto que ocupa en el concierto universal de los seres.

Por ser persona, en efecto, es superior al universo material, del cual ha de servirse mediante el trabajo. Por la misma razón cada hombre es sustancialmente igual a los demás; está llamado a convivir con ellos en el marco de un ordenamiento social justo, sin discriminarlos por motivos de religión, raza, sexo o condición social. Finalmente, por ser persona, hecho a imagen de su Creador, se siente llevado a encontrar a Dios, quien, si bien buscado a tientas, “no se halla lejos de cada uno de nosotros” <9>.

3.- El orden moral

41 El puesto que ocupa el hombre en este orden universal de los seres y de los fieles, se presenta como un orden moral. Por la dimensión divina de su espíritu, el hombre está llamado a realizar la propia perfección de su persona, libremente, pero ateniéndose a un ordenamiento moral, inscrito por Dios como ley en su misma naturaleza y grabado en su conciencia. La libertad recibida por el hombre no es para destruirse, sino para realizar su propia perfección, en la que encontrará su felicidad personal.

La semejanza con Dios no es tan sólo un hecho dado y acabado, sino una tarea moral que ha de cumplir. El hombre ha de realizarse siempre más y mejor como imagen de Dios.

42 El efectivo dominio del universo material con que organiza un ordenamiento económico humano; la creación de un orden político justo; el deber de hacer un lugar a la adoración a Dios con el templo de su corazón y en medio de la ciudad agitada que construye: todas estas tareas constituyen el imperativo moral, que encauza la libertad del hombre hacia la realización de un mundo más humano.

43 Debido a este espacio moral, inherente a todos los órdenes de la existencia, los Obispos tenemos la obligación de intervenir con nuestra palabra en asuntos que tienen un núcleo ético insoslayable.

44 La inclinación y el ordenamiento moral a la propia realización, que culmina en su fin divino, es connatural a la persona humana. De aquellos emana los derechos universales e inviolables, a los que el hombre no puede renunciar bajo ningún concepto. Todos ellos constituyen aspectos de su dignidad fundamental, que no puede ser violada u ofendida, y son parte del derecho natural.

Todos los derechos humanos y sus correlativos deberes pueden resumirse en el derecho y en el deber de desarrollarse libremente como persona en todos los planos de la existencia humana.

4.- La cultura

45 El proceso histórico y concreto como el hombre realiza este desarrollo, constituye el hecho específicamente humano de la cultura. Este consiste, en efecto, en el modo como los hombres, en diversos espacios geográficos y a través de sucesivas épocas, cultivan su relación con la naturaleza material, entre sí mismos y con Dios, de modo que puedan llegar a un nivel verdadera y plenamente humano <10>.

El hombre, en efecto, “vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura” <11>. El es el objeto y término de su tarea cultural a través de la cual se hace más hombre y logra “ser” más <12>.

46 El hombre verdaderamente es más cuando se realiza de modo integral. Es por ello que con el concepto de cultura queremos significar la totalidad del esfuerzo que emprende el hombre para autorrealizarse <13>, ya que “todo el hombre” es el que ha de realizarse armónicamente. Así, mediante la técnica y el trabajo, el hombre transforma la materia para su propia utilidad; expresa la belleza a través de la creación artística; enriquece su propia inteligencia orientándola establemente, mediante la ciencia, hac ia la verdad; encauza su actividad libre, para ordenarla hacia el bien humano, mediante la moral, especialmente por medio de las virtudes, el Derecho y la Política.

47 Esta visión total y jerárquica de la cultura que depende de nuestra concepción cristiana del hombre <14>, nos permite afirmar la necesidad del “tener”.

No formulamos esta afirmación para confirmar en su actitud a quienes ponen toda su esperanza y desvelo en el “tener”. Por el contrario, lo hacemos porque es siempre necesario volver a recordar el mundo de los pobres, que no tienen lo suficiente para realizarse dignamente como personas. Ellos tienen necesidad, no simplemente biológica, sino humana, de “tener” para poder “ser” más.

48 Sin embargo, la cultura material se sitúa siempre en relación esencial y necesaria a lo que el hombre es, mientras que la relación a lo que el hombre tiene, a su “tener”, no sólo es secundaria sino totalmente relativa. “Todo el ‘tener’ del hombre no es importante para la cultura, ni es factor creado de cultura, sino en la medida en que éste, por medio de su ‘tener’, pueda al mismo tiempo (...) llegar a ser más plenamente hombre en todas las dimensiones de su existencia” <15>.

Esto mismo nos recuerda que no se puede reducir al hombre a una dimensión meramente material, ni considerar exclusivamente aquello que posee, es decir su producción, sus bienes materiales, etc. La dimensión espiritual de la cultura no es un simple epifenómeno de la dimensión material y económica, ni tampoco el hombre es simplemente el resultado de factores exteriores o de aspectos económicos.

49 Todas estas dimensiones de la cultura están íntimamente vinculadas a la sabiduría eterna por la que el hombre asciende de lo visible a lo invisible <16>, y culminan en la adoración del verdadero Dios, fin último del hombre y meta de la misma cultura. Este ha de ser, en efecto, el camino que recorre el hombre peregrino en busca de la posesión de su último fin. “Para nosotros la alianza interior con la sabiduría es el fundamento de toda cultura y del verdadero progreso del hombre (...) El hombre ha de crecer y desarrollarse como hombre de esta alianza. Debe crecer y desarrollarse a partir del fundamento divino de su humanidad, es decir, como imagen y semejanza del mismo Dios. Y debe crecer y desarrollarse como hijo adoptivo de Dios” <17>.

5.- El fundamento religioso

50 “Creado a imagen de su creador”. Mediante esta fórmula bíblica los cristianos profesamos, ante todo, que solamente Dios es Dios. No el hombre, quien es, de Aquél, tan sólo una imagen.

Al reservar nuestra adoración a Dios, recordamos que como hombre, estamos normalmente sujetos al Señor. Otorgamos así un fundamento religioso al orden moral del individuo y de la sociedad. De lo contrario, ?dónde podría encontrar la sociedad, en cuanto complejo jurídico, un sólido fundamento de su propia existencia? <18>. Cuando el hombre busca destruir a Dios, se destruye a sí mismo.

51 Al reservarle a Dios la única adoración debida, protegemos al mismo tiempo nuestro campo esencial de libertad <19>. Ya que ni el poder ni la riqueza son divinos, éstos no deben transformarse en ídolos para el hombre. Por lo que la sociedad, que ha de ser construida también mediante el uso del poder y de los bienes materiales, sin embargo, no ha de ser edificada sobre la adoración del dinero. Persiguiendo solamente la meta de la indefinida dominación y del progreso material, nos convertiríamos en esclavos de un falsa utopía.

Y por lo mismo, puesto que Dios es nuestro único Señor, ningún hombre, ningún grupo de poder, ninguna empresa económica puede erigirse sobre la esclavitud, la degradación o la humillación de los hombres; sea cuales fueren las formas que éstas adopten.

52 “Nada es divino ni adorable fuera de Dios” <20>

Esta expresión del Episcopado latinoamericano reunido en Puebla es una afirmación de fe, una profesión religiosa. No es solamente una norma legal, sino sobre todo un espíritu para construir y animar la sociedad humana. Si bien este espíritu no ofrece un modelo social o político determinado, sin embargo da pautas esenciales y garantiza un fundamento espiritual.

Asimismo, esta adoración de Dios crea una base de verdad, de libertad y de religión, sin la cual no puede construirse una sólida comunidad, sino tan solo una agrupación que oscilará permanentemente entre la anarquía y la represión.

53 Dotado de dignidad, por ser semejante a Dios, el hombre puede ofenderse a sí mismo, como también ser ofendido por otros. Solamente Dios y, en el ámbito de esta creación visible, el hombre, son susceptibles de ofensa.

Pero Dios es ofendido también cuando es ofendido el hombre, que es su imagen. Así como cuando el hombre es dignificado en esta tierra, Dios mismo resulta glorificado en aquél, a quien llama a ser su hijo.

Cuando el hombre es vejado y degradado, entonces es alcanzado y ofendido el fundamento absoluto de su existencia y de su persona. Por eso Dios es la suprema garantía de la dignidad del hombre. No hay en este mundo ningún acto de amor, por oculto que fuere, que no sea recogido por el absoluto de Dios. Tampoco hay injusticia alguna que, aunque se la pretenda acallar y ocultar, quede ante el definitivamente secreta y silenciada.

Así la afirmación con que profesamos nuestra fe en la creación del hombre a imagen de Dios, se torna juicio sobre nuestra conducta. Condena a quien oprime, justifica a quien ama según Dios.

6.- Cristo el hombre nuevo

54 Nos volvemos ahora hacia aquellos que profesan con nosotros la misma fe en Cristo, a quienes recordamos que la Palabra de Dios nos descubre, en toda su profundidad, el misterio del hombre, con sus luces y tinieblas: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” <21>.

55 El único Creador de todos, al enviarnos a su Hijo, Jesucristo, como máximo don que nos ha hecho a los hombres, nos ha incorporado a El y nos ha solidarizado misteriosamente con El; ha querido ser así, de un modo nuevo y más íntimo, nuestro Padre. Por eso expresamos nuestra máxima dignidad de hombres cuando, aleccionados por la enseñanza de Jesús, nos atrevemos a considerarnos hijos de Dios y a llamarlo “Padre nuestro”. Profesamos así que El es la defensa y garantía última de sus hijos, los hombres.

56 Ya desde el comienzo de la historia, el pecado nos ha hecho revelarnos contra nuestra condición de hijos de Dios, ofendiendo de este modo nuestra propia dignidad. Heridos por el mal uso de nuestra libertad, nos sentimos siempre inclinados a ocultarnos de la mirada de Dios, y a desentendernos del hombre <22>. Pero la misma Palabra de Dios nos enseña que Cristo nos restituye a nuestra vocación y dignidad original, recibida al ser creados por Dios a su imagen <23>.

57 De aquí nuestra estimación por el bautismo, por otra parte tan arraigada en nuestro pueblo. En este rito santo expresamos que Dios nos hace sus hijos; por eso lo consideramos como el sacramento, el gran símbolo religioso, de nuestra dignidad humana.

58 “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo a todo hombre” <24>. También aquí encontramos un fundamento de nuestra dignidad y, particularmente, de la dignidad de los pequeños, de los pobres, los que sufren hambre, sed y prisión, enfermedad, ignorancia, soledad y aislamiento. Por eso, como nos enseña el Evangelio, cuando hiciéramos algo por ellos -cuando les diéramos de comer, de beber, los visitáramos...-, lo haríamos por Cristo <25>.

 

II. LA COMUNIDAD HUMANA

1.- Dimensión Comunitaria De La Persona

a) El hombre, ser social

59 “Persona” e “individuo” no son términos que se correspondan necesariamente en la filosofía cristiana. el segundo es empleado a veces, en otros ámbitos, para justificar el individualismo absoluto, que desencadenó por reacción las ideologías totalitarias más contradictorias de estos dos últimos siglos, las que han afectado la unidad de la Nación.

El primero, en cambio, apunta necesariamente a la comunidad humana y al bien común.

60 Para el hombre, existir es convivir. Esto no es sólo un hecho que se puede observar, sino un deber y un derecho, [porque la persona es, esencialmente social. La actitud de aislamiento constituye una falta moral que hiere lo profundo de su ser. Sólo cuando ha semejanza de la unión entre las personas divinas realizamos entre los hombres la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad, encuentra su plenitud la imagen de Dios que llevamos en nosotros <26>. La sociedad humana se debe a la riqueza de la persona, que busca comunicarse, y a su indigencia, que se necesita ser colmada. Riqueza personal que se planifica en la donación de sí y de sus bienes. indigencia que se satisface en la acogida de los otros y de sus dones.

61 Este destino maravillosos de comunicación y comunión, fundado en el mismo ser de Dios, es universal. Cada hombre debe integrarse a esa comunidad. Esta, a su vez, logra como conjunto humano su plenitud, si incluye la consecución de los auténticos valores personales por parte de cada uno de sus miembros.

 62 Los argentinos debemos sentirnos personalmente vinculados a la comunidad de la Nación con el propósito de compartir, con libertad lúcida y firme, los máximos bienes del hombre, para que sea siempre más patrimonio del conjunto y de cada uno de nosotros.

b) Índole moral de la vida social

63 La vida en sociedad es un llamado de Dios, y se debe realizar como tarea ética, es decir, con conocimiento de la verdad, deseo del bien y señorío de sí mismo. La realización de toda comunidad, incluso la nacional, se mide por la verdad, el bien y la libertad; por la sabiduría, la justicia y el amor que la justicia y el amor que la conforman.

64 La libertad, que es la capacidad de disponer de nosotros mismos para la comunión y jerárquica de tres planos inseparables, a saber: la relación del hombre con el mundo como señor del mismo, con las personas como hermano, y con Dios como hijo <27>.

La comunidad ha de abrir para todos, con igualdad de oportunidades, estos caminos de libertad. Las injusticias cometidas en cualquiera de estos niveles ponen en peligro la justicia de los otros, porque la conducta moral de cada individuo tiende a ser unitaria en virtud de la opción fundamental que éste toma.

65 Por eso, la corrección e incorrección moral en uno de los campos de la existencia influyen en mayor o menor medida en los otros.

Una Nación, para ser más comunidad, ha de favorecer la integridad de la moral de sus ciudadanos, porque todo obrar personal tiene repercusión comunitaria.

66 Los argentinos, cada uno en cuanto persona, y cada grupo en cuanto integrante del conjunto social, han de examinarse con humilde sinceridad sobre su comportamiento moral y han de tomar conciencia sobre la proyección comunitaria de sus actos. No han de temer hacer este examen los grupos más significativos de la vida argentina: las asociaciones profesionales, los partidos políticos, las Fuerzas Armadas, las mismas comunidades cristianas y sus ministros. ?Es el bien común el inspirado comportamiento social? ?O tal vez lo es la conveniencia del individuo o del grupo que logra el poder? ?Desechamos instintivamente el anunciado anticristiano del que “el fin justifica los medios”? ?O tal vez ese falso principio se ha adueñado de nuestros hábitos sociales cuando se lucha, sea por una transformación violenta de nuestra sociedad sea en su defensa?

c) Justicia y fraternidad

67 La comunidad se constituye por la acción de todos sus miembros. Aunque haya diversas funciones, todos tienen la responsabilidad de sostenerla y enriquecerla con el servicio de sus virtudes. No bastan actos aislados socialmente buenos. Son necesarias las actitudes permanentes, que es lo que llamamos virtudes sociales.

Destacamos la justicia por la cual se ejercen derechos y se cumplen deberes, y se distribuyen las cargas y los bienes conforme a la ley.

68 La sola justicia, sin embargo, no es suficiente para regular la conducta de una comunidad.

Sólo la amistad social reúne a los hombres acuerdo a su condición de personas y de hijos de Dios. No basta que se distribuyan los bienes conformes a normas positivas. Es preciso que se produzca el movimiento de comunicación de los propios valores a los demás: esto es el amor. Y que entre hijos de un mismo Padre, se eleva a fraternidad.

“Es deber de todos, y especialmente de los cristianos, trabajar con energía para instaurar la fraternidad universal base indispensable de una justicia auténtica a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. La relación del hombre para con Dios Padre y la relación del hombre para con los hermanos están de tal forma unidas que, como dice la escritura, el que no ama no conoce a Dios (1 JN 4, 8)” <28>.

2.- Las comunidades históricas concretas

69 De los vínculos sociales que son necesarios para el cultivo del hombre, unos responden más inmediatamente a su naturaleza profunda, como la familia y la comunidad política; otros proceden más bien de su libre voluntad. Estos últimos, en nuestra época y en concreto y en la Argentina, se multiplican sin cesar, dando origen a varias asociaciones, sean de derecho público, sean de derecho privado <29>.

a) La comunidad familiar

70 La primera comunidad humana es la familia. Es generadora del individuo y de todas las otras sociedades. Dios la ha construido sobre la base del matrimonio monógamo e indisoluble, con el atributo de la fecundidad. En ella se experimentan las relaciones fundamentales con las que el hombre entreteje su vida: paternidad, filiación, fraternidad, nupcialidad, trabajo, adoración. En ella se aprende a vivir y a cultivar las virtudes humanas y cristianas. Allí se puede experimentar la ley de la caridad con una hondura tal que se llega, fácilmente, hasta el perdón y la reconciliación.

71 La familia es origen y célula de la vida social, su prototipo, fuerza motriz de la cultura de las Naciones.

Se ha de procurar que el espíritu de la familia transforme con sus valores de la vida y la cultura nacional.

La Nación que descuida o deteriora la familia, está atentando contra sí misma. Si bien es cierto que la legislación argentina, al contrario de lo que lamentablemente sucede en muchos países, rechaza el divorcio y castiga el aborto, no obstante, nuestra familia sufre en la práctica el impacto tremendo de las separaciones y divorcios, que van desgarrando el tejido de nuestra sociedad. Asimismo, se debe llorar también el ingente número de abortos que transforma impunemente en lugar de egoísmo y muerte lo que debe ser hogar de amor y vida cuyo único dueño es Dios.

Por otra parte, y en otro orden de cosas, no se nos oculta la incertidumbre que la actual situación económica provoca en la familia argentina.

b) Asociaciones intermedias

72 Las asociaciones intermedias son núcleos humanos ligados por la prosecución de un bien común particular, que puede ser de índole cultural, laboral, política, religiosa, económica, benéfica, y que, para proteger la estabilidad del bien perseguido y la de los miembros, se organizan a través de una estructura, en la cual fijan los objetivos, la forma de asociarse y las relaciones con el Estado y con los demás núcleos sociales.

La finalidad de toda asociación intermedia es el bien del hombre, que se logra en su forma más plena dentro de la Iglesia y la Nación, y que se busca en forma parcial en la asociación misma. Bien particular que, de hecho, es enfatizado y procurado con mayor intensidad gracias a ella.

73 Junto a la familia, éstas asociaciones son la fuerza equilibradora de una Nación, a la vez que expresan y acrecientan su cultura y madurez.

Las asociaciones intermedias han existido siempre, aún cuando han asumido estructuras elaboradas en formas diversas. Pero es innegable que la participación social es progresiva, y difícilmente se encuentre un hombre que nos pertenezca a uno o más de estos grupos.

74 En el amplio y variado espectro de entidades intermedias en que se desenvuelve la vida de nuestro pueblo, cabe plantearnos algunos interrogantes.

·         Los Municipios, ¿representan el lugar de las esperanzas de todos para una justa distribución de servicios, que haga real la digna integración de cada familia, sin marginaciones, en la comunidad?

·         Las sociedades vecinales, ¿consiguen asumir e interpretar la totalidad de las familias de la pequeña comunidad, tanto en lo material, como en lo cultural, en lo moral y en lo espiritual?

¿Se constituyen en medios de sana unión, desprovistas de corrientes ideológicas?

·         Los partidos políticos, ¿representan en su totalidad valores y principios previamente existentes en el pueblo, o bien, se aferran a plataformas que pudieran haber estado - algunas de ellas - concebidas al margen de la historia y de la realidad nacional, o haber sido válidas en otro tiempo y no tanto ahora? ¿Procuran una suficiente capacitación y actualización de sus líderes?

¿Buscan en la Doctrina Social de la Iglesia elementos aptos para un mejor discernimiento de las situaciones y problemas del país?

¿Procuran un sabio esclarecimiento en el pueblo, para lograr decisiones sólidamente pensadas y actitudes ciertamente personales, sin masificación ni fanatismo?

·         Los gremios, ¿llegan a constituirse en todos los aspectos del quehacer laboral, profesional y de servicios, con la adecuada eficiencia, con una amplia libertad interna, con una adecuada apertura, diálogo e integración?

¿Se logra habitualmente una debida preservación de la especialidad gremial?

·         Las entidades respectivas del ámbito empresarial,

¿encuentran caminos abiertos para una consolidación y expansión que asegure y acreciente las fuentes de trabajo?

¿Reflejan actitudes humanitarias y comprensivas en el delicado problemas de los precios y salarios?

·         Los clubes deportivos, ¿constituyen hoy un medio eficaz para el sano esparcimiento de todos, para el cultivo generalizado de las cualidades físicas y virtudes morales de toda la juventud, para la unidad y fraternidad en las competencias; o bien, se prestan, en muchos casos, para ser simples empresas de espectáculos comercializados, donde incluso el hombre tiene una cotización monetaria; o llegan aún a ser factores de tensiones y rivalidades negativas?

Interrogantes similares podrían hacerse respecto a muchas otras entidades de gran valía en el campo educativo, profesional, cultural o cooperativo. Pero siempre con el ánimo de lograr, en una sincera revisión, la verdadera identidad y función propia de cada una en el conjunto del gran tejido social de la Argentina.

En verdad, las comunidades intermedias pueden ayudar mucho a desarrollar los grandes hábitos de solidaridad, que harán alcanzar mejor el fin, que anima a todos, de comunión y participación.

3.- La iglesia, fermento de la sociedad

75 Como Cristo es el hombre perfecto, la Iglesia, que es su Cuerpo Místico, es también la comunidad en plenitud a la que el Padre llama a todos los hombres.

La profunda y misteriosa unidad que el Espíritu de Cristo crea entre los hombres, se expresa en la vida de las virtudes, sobre todo de la caridad sobrenatural, que supera la altura y la fuerza de todo otro vínculo.

76 Esta comunión revierte sobre la comunidad civil. La vida de la caridad y las otras virtudes cristianas se ejercitan en medio de la Nación y la benefician con su riqueza.

El hijo de la Iglesia tiene la posibilidad y el deber de asumir su vida social con la vida nueva de la gracia, para iluminarla, purificarla y robustecerla.

La vida de la Iglesia se debe construir de tal manera que, representando la autonomía de la sociedad temporal, la auxilie y, por medio de sus hijos, la enriquezca y consolide.

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