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Iglesia y Comunidad Nacional

TERCERA PARTE:
ORIENTACIONES PARA LA ACCIÓN

INTRODUCCIÓN

169 Lo expuesto hasta aquí es un aporte de la Iglesia para clarificar y orientar, ya sea desde el análisis histórico, ya desde la doctrina, el pensamiento argentino en este momento de la historia nacional.

Pero esta orientación quedaría trunca si no se apuntaran ahora algunas pautas para la acción.

En el panorama histórico que hemos considerado, se advierte algunas necesidades básicas de nuestro pueblo agentino, en su tarea de responder a problemas fundamentales de su historia pasada así como también del presente y en orden de su futuro.

La Argentina necesita una mayor conciencia de su identidad, dentro de un marco latinoamericano, y al mismo tiempo una gran flexibilidad para adaptarse a una sana evolución del mundo actual.

170 Para ello, nuestra Patria necesita una profunda formación doctrinal y moral, y, a la vez, una decidida y sacrificada participación de todos. Esta formación y actuación de sus miembros evitará los continuos cambios desarraigados de su ser profundo, la desconexión entre distintos sectores de la comunidad nacional; la excesiva imitación de modelos foráneos y, finalmente, la contradicción entre una conducta que, si bien es moral en los fines, resulta ilícita a veces en los medios aplicados.

171 Para contribuir con eficacia al momento actual argentino, proponemos las siguientes orientaciones:

172 La acción de la Iglesia en la sociedad; teniendo en cuenta la doctrina y la experiencia histórica, se articula en dos planos fundamentales: el jerárquico y el laical.

173 1) Como pastores jerárquicos, los Obispos, junto con nuestros sacerdotes y diáconos, así como también junto a aquellos agentes de pastoral íntimamente ligados al apostolado jerárquico, queremos actuar en favor de la sociedad argentina. A tal fin, subrayamos la necesidad de cuanto sigue:

- Proclamar la doctrina católica sobre los temas relacionados con la sociedad, proponiendo con claridad la Doctrina Social de la Iglesia; y, supuesta la colaboración de toda la comunidad eclesial, “reelaborando y adaptando a nuestro país dicha doctrina de acuerdo con las indicaciones de la Octogesima Adveniens, sin dejar de reconocer los esfuerzos hasta ahora realizados en este sentido.

- Esto supone señalar las obligaciones y derechos que se deducen en esta doctrina en el campo social y en todo lo que se refiere al bien común; y denunciar, consecuentemente, los errores contrarios a la misma, sobre todo en aquellas ideologías que, presentándose como cristianas, en realidad no lo son.

 174 - Formar la conciencia de los laicos, para que lealmente ejerciten las virtudes morales cristianas en sus obligaciones cívicas, evitando la indiferencia y la abstención que configurarían una seria omisión en estos momentos en que se necesita la colaboración de todos.

175 Junto con este deber primordial de iluminar y enseñar, la caridad de Cristo nos impulsa a santificar y regir pastoralmente a nuestros fieles, tanto individualmente como en grupos, especialmente en el ámbito familiar; a fin de que una vigorosa vida espiritual se traduzca luego en una colaboración generosa con la sociedad argentina.

Los momentos que vivimos piden hombres y mujeres generosos que den lo mejor de sí para la Patria. Los católicos debemos ser los primeros en dar esa contribución. Para crear y mantener esta tensión, que supone mucho sacrificio, la acción pastoral de la Jerarquía es insustituible. Por lo tanto, nos sentimos particularmente comprometidos en esta tarea.

176 Teniendo en cuenta que la familia es la primera célula de la Iglesia y de la sociedad, y la primera responsable de la educación, los Obispos tendremos especial cuidado en continuar una acción permanente en este campo pastoral.

177 Muy en particular queremos trabajar en la formación de la juventud, grupo social que tiene una gran importancia, y que es, además, la esperanza de la Patria y de la Iglesia.

Para ello nos sentimos urgidos a:

178 - Promover las escuelas católicas, lugar privilegiado de evangelización, donde se puede hacer una síntesis entre el Evangelio y la cultura, y proponer al joven una misión global y cristiana del hombre, del mundo y de la historia.

179 - Hacer tomar conciencia de la necesidad de que en las escuelas oficiales se asegure a todos, católicos y no católicos, la posibilidad de una necesaria formación religiosa según el propio credo, de acuerdo a los principios de una sana enseñanza integral, la cual incluye esencialmente la apertura a la dimensión trascendente del hombre.

180 - Mancomunar los esfuerzos posibles para evitar e impedir la influencia de los espectáculos nocivos, la proliferación de la inmoralidad en las revistas y de la violencia que se proyecta en muchas películas, difundidas también por la televisión, y que afectan a tantos jóvenes y niños.

181 - Alentar y estimular a aquellos laicos que se dedican a la tarea de conducir los diversos niveles de la vida de la sociedad, sin que esto implique un compromiso de la Jerarquía de las opciones socio-políticas que ellos libremente tomen. Más aún, nuestra acción pastoral no debe significar para ellos un freno a su creatividad. Sin embargo, siempre será necesario que los pastores velen para que no falte en la actuación de estos laicos la debida caridad que el Señor nos dejó como ley fundamental.

Es preciso exhortar vivamente a todos a consagrar también nuestra Patria con esa misma caridad, a través del trabajo de cada día, cualquiera sea el lugar donde lo cumplan.

182 - Fortalecer y perfeccionar las asociaciones de alto valor formativo y de acción que existe en el seno de nuestra Iglesia, en particular la Acción Católica; las cuales tienen un gran significado en esta contribución evangélica de la que venimos hablando.

Inclusive, considerar la oportunidad y conveniencia de crear otras que sirvan para el cumplimiento de esa vocación específica de los laicos.

183 - Considerar un instrumento utilísimo, a nivel nacional, y a nivel de cada diócesis donde el Obispo del lugar lo juzgare conveniente, la presencia de la Comisión “Justicial y Paz”, instaurada de acuerdo a las orientaciones pontificias.

184 Para la acción de la Iglesia, en su contribución a la sociedad, no se agota en este plano propiamente pastoral. Queda un amplio campo, encomendado más directamente a los laicos, en la dimensión que podríamos llamar secular, por su específica relación con lo temporal. Al laicado le corresponde actuar más propiamente en este nivel, y en especial en el socio-político. Exhortamos a nuestros laicos, y a todos los hombres de buena voluntad, a no faltar a este compromiso por una prudencia mal entendida, ajen a a la caridad cristiana y a los sentimientos patrios.

185 2) Proponemos, en primer lugar, a los laicos católicos:

- Estudiar profundamente todo lo que se refiera a la Doctrina Social de la Iglesia. Sin esta maduración en el conocimiento, es imposible dar otros pasos.

186 - Deben los laicos, además, más profundamente y estudiar la realidad temporal, descubriendo en ella las tendencias dominantes. Este conocimiento exige, sobre todo por parte de los laicos, dedicación, método, disciplina, tiempo de estudio, escuelas y experiencias, en las que se pueda lograr la síntesis entre doctrina y realidad concreta.

187 - A partir de esta síntesis, los laicos podrán, comprometidos en esta noble tarea, discernir, criticar constructivamente y hacer públicos estos juicios de valor en materias concretas.

188 -Asimismo, conviene que los laicos que se sientan capacitados no rehuyan ocupar puestos de responsabilidad, con verdadero espíritu de servicio, abordando el difícil campo de las opciones posibles en el quehacer social, educacional y político para vivir la consigna evangélica de ser sal, luz y levadura en las estructuras temporales.

189 Para ello, necesitarán también los laicos católicos asociarse entre sí o con otros hombres de buena voluntad, para trabajar en los distintos niveles: familiar, sindical, municipal, nacional e internacional.

190 - Deberán influir eficazmente en la promoción y conducción leal de aquellos medios o instrumentos socio-políticos o de comunicación social que configuran al hombre de hoy en la sociedad. Citamos, por ejemplo: los medios masivos de comunicación, la dirección de empresas, la dirección de centros de formación a todos los niveles, la coordinación de asociaciones profesionales, las de comercio, de arte, etc.; así también los sindicatos, los organismos municipales, los partidos políticos, las comisiones de fomento, etc. Todo este quehacer supone muchas virtudes morales, que no se pueden lograr plenamente sin una constante unión a las fuentes de la gracia, es decir, la oración, la Palabra de Dios y los Sacramentos.

191 - Se debe promover una intensa formación del laicado en orden a todo lo dicho. Es muy de tenerse en cuenta el punto de partida: la inercia, desacostumbramiento y confusión de planos en que nos encontramos.

En particular, es necesario educar no sólo a nivel primario y secundario, sino también a nivel de los líderes, ya sean los laborales, profesionales, etc. Sin esta preparación, quizás trabajosa, de hombres y mujeres bien formados, seguiremos en el trillado camino de las improvisaciones.

192 - Para ello, procúrese motivar a los jóvenes para que emprendan el arduo trabajo de formarse. Es evidente que malograríamos los generosos impulsos de estos jóvenes si nos limitáramos a convocarlos o a llenarlos de un entusiasmo fulgurante, pero efímero.

Se necesita para este plan métodos que, junto con los tradicionales, puedan ofrecer una sola formación elemental, como una alternativa al alcance de líderes intermedios.

193 Este plan exige una gran incentivación de los adultos para que se presten a formar a los más jóvenes y promuevan a su integración y participación en las distintas actividades de la Iglesia y de la sociedad civil.

Creemos que la Acción Católica Argentina puede tener en este plan un papel importantísimo.

194 - Como dijimos antes (N°‹ 179), hagan valer los laicos el derecho de los padres a tener para sus hijos, en la escuela oficial, la formación religiosa según las propias y honestas convicciones de cada uno.

La Iglesia ha de usar también los medios de comunicación social para hacer llegar, con rapidez y eficacia, la formación religiosa a los grandes sectores. Se debe superar el esquema meramente informativo para pasar a una formación integral que incluya hábitos y virtudes.

Hay que colaborar con otros organismos privados y oficiales para poner freno a la desintegración moral que se abre alarmante camino.

195 - Necesitamos fomentar cuanto antes la capacidad de trabajo en grupo.

Para ello se impone un estilo de formación que capacite para el diálogo, la coordinación de esfuerzos y para una acción disciplinada, comenzando desde las agrupaciones más sencillas.

 

CONSIDERACIÓN FINAL

196 (1.) Pertenecemos a una generación inquieta que busca caminos nuevos y que se sabe con recursos para superar sus fracasos y vencer sus dificultades.

Por eso, es necesario que la comunidad nacional, que ha demorado su propio andar, recobre sus fuerzas vitales y se reorganice. Esta es una tarea de toda comunidad; de todos sus hombres llamados a intervenir como sujetos activos de una empresa espiritual y humana, no como simples objetos de un reordenamiento externo, el cual resultaría efímero.

Por esto mismo, lo que no fuera producto de una persuasión interior recta, que se pudiera manifestar en el consenso activo de todos, sino tan sólo el resultado de un orden externo, acumularía en lo profundo de los ánimos resistencias ocultas que seguirían buscando siempre la ocasión para manifestarse.

197 (2.) Estamos ante la tarea de reconstruir la Nación a partir de sus bases morales y culturales más profundas. Entre éstas, en particular deseamos enumerar:

·         poseer un amor positivo a la vida, transmitida en el matrimonio a través de la paternidad fecunda y responsable, y no matar ni herir la vida de nuestros hermanos;

·         un respeto inviolado a la dignidad del hombre, de todo el hombre y de todos los hombres;

·         un verdadero espíritu de libertad, que nos lleve a disociarnos en nuestros egoísmos, sino a crear profundos vínculos comunes;

·         un espíritu de austeridad, que sabe ser feliz con pocas cosas, sin necesidad de la opulencia;

·         un espíritu de sencillez y humildad ligado a un ímpetu emprendedor y creativo.

Hemos de reanudar el esfuerzo de recuperarnos a partir de la inspiración del humanismo cristiano que nos ha dado origen, de una identidad forjada a lo largo de más de cuatro siglos, y de una renovación de nuestro propio ser, que nos permite crecer y madurar.

198 (3.) En el ámbito político, hemos de convencernos todos de la urgencia de una acción solidaria.

Es nuestra convicción que el mal de la Nación se debe en gran parte a sectarismo y a demagogias que no datan de hoy, sino que renacen siempre; y que nos han desgarrado hasta la violencia.

También estamos persuadidos de que los problemas de la Nación sólo podrán solucionarse cuando todas sus fuerzas se hayan unido y estén dirigidas hacia un objetivo común. Los problemas pueden hacerse abrumadores, pero existe en nuestra Nación un potencial enorme para afrontarlos. Y nada de este caudal puede ser descartado. Tampoco puede dejar de considerarse las energías de aquellos que han errado y se avienen a trabajar por sus ideales en el cuadro de una convivencia pacífica y del diálogo. ?Que sector de todos los que integra la familia argentina no han tenido algún margen de error?

Esperamos confiadamente que los diversos sectores de la Nación así como las distintas agrupaciones se muestren dispuestos a trabajar, conservando sus propias peculiaridades, en el cuadro de una unidad y una solidaridad exigidas por el bien común.

Para aunar fuerzas y tomar una aspiración común, que nos congregue y fortalezca, es necesario, sin duda, establecer convergencias nacionales básicas, en cuya determinación nadie sea excluido, sino que participen todos los sectores e instituciones. Se trata de recoger las fundamentales aspiraciones de nuestro pueblo.

199 (4.) Para poder converger hacia una unidad y participación en que no haya nadie injustamente excluido, es necesario, previamente, coincidir en un espíritu práctico de reconciliación. En este punto donde el espíritu cristiano ofrece, en este momento de su historia, su aporte más propio y específico. Creemos que es nuestro deber como Obispos de la Iglesia apoyar con nuestra palabra la convocatoria a una total y profunda reconciliación nacional.

Pronunciamos, no obstante, esta palabra reconciliación con cierto temor de que no se le otorgue el significado que corresponde. No se trata de un apaciguamiento sentimental y emotivo de los ánimos; de un superficial y transitorio acuerdo. Para ser aceptable, viable y eficaz, la reconciliación ha de estar fundada en condiciones que le otorguen una base durable:

200 a) Ha de estar cimentada ante todo en la verdad, la cual, en el plano de la convivencia social y política, se convierte en una voluntad de veracidad y de sinceridad, que evita el ocultamiento, el engaño, y la simulación. Es necesario desterrar la práctica de la mentira en todos los órdenes.

201 b) La reconciliación, igualmente, ha de estar basada en la justicia. Sería una burla arrojar sobre la persistencia de la injusticia el mandato de una falaz reconciliación. No podemos dejar de comprobar que, a lo ancho del mundo y en la particular historia de nuestro pueblo, se ha despertado el sentido de la justicia. La conciencia humana y la conciencia nacional la han situado en el centro de sus anhelos. Ello atestigua el carácter ético de las tensiones que nos invaden y nos indica también que dichas tensiones subsistirán si se mantienen formas sistemáticas de injusticia.

La Iglesia comparte con los hombres de nuestro tiempo y con los conciudadanos de nuestra Nación ese profundo y ardiente deseo de una vida justa bajo todos sus aspectos <128>.

202 (c.) Sin embargo, la experiencia demuestra que otras fuerzas negativas, como el rencor, el odio, la revancha e incluso la crueldad, han tomado la delantera a la justicia. Más aún, que, en nombre de la misma justicia, se ha pecado contra ella. Como nos exhorta Juan Pablo II: “El ansia de aniquilar al enemigo, de limitar su libertad y hasta de imponerle una dependencia total, se convierte en el motivo fundamental de la acción; esto contrasta con la esencia de la justicia, la cual tiende por naturaleza a establecer la igualdad y la equiparación entre las partes en conflicto. Este especie de abuso de la idea de justicia y la alteración práctica en ella, atestiguan hasta qué punto la acción humana puede alejarse de la misma justicia, por más que se haya emprendido la acción en su nombre. No en vano Cristo rechazaba de sus oyentes, fieles a la doctrina del antiguo Testamento, la actitud que ponían de manifiesto las palabras ‘ojo por ojo y diente por diente’. Tal era la forma de alteración de la justicia en aquellos tiempos; las formas de hoy día siguen teniendo en ella su modelo. En efecto, es obvio que, en nombre de una presunta justicia (histórica o de clase, por ejemplo), tal vez se aniquila al prójimo, se lo mata, se lo priva de la libertad, se lo despoja de los elementales derechos humanos. La experiencia del pasado y de nuestros tiempos demuestran que la justicia por sí sola no es suficiente y que, más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma, si no se le permite a esa forma más profunda, que es el amor, plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones” <129>.

Necesitamos los argentinos superar aun la misma justicia mediante la solidaridad y el amor. Necesitamos, urgentemente, alcanzar esa forma superior del amor que es el perdón.

Si edificamos sobre estos pilares de la verdad, la justicia y el amor, podemos estar ciertos de que alcanzamos la tal ansiada y necesaria reconciliación, y la Argentina logrará ser un ámbito de auténtica libertad para todos sus hijos.

203 Que Jesucristo, Señor de la historia y de los pueblos, reciba el esfuerzo de una Nación que busca defender y construir su identidad, y bendiga a todos los ciudadanos de buena voluntad que, desde los diversos sectores de la sociedad, han hecho posible el presente y buscan preparar un futuro de esperanza.

Ponemos este documento a los pies de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Luján, que acompañó en todo momento la peregrinación de nuestro pueblo, para que Ella, como Madre de los argentinos, sea prenda entre nosotros de reconciliación, fraternidad y construcción nacional.

Recomendamos este documento a la reflexión de nuestro pueblo fiel y especialmente a las distintas instituciones católicas su consideración y estudio.

 

8 de mayo de 1981,

Solemnidad de Nuestra Señora de Luján,
 Patrona de la Patria
.

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