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Jesucristo,
Señor de la historia
1.
Memoria que funda la esperanza
Estamos celebrando el Gran Jubileo porque hace 2000 años nacía Jesús de
Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre. Ahora que la familia humana se encamina a
un nuevo milenio de su historia, la Iglesia Católica hace memoria de la primera
Navidad, en la que el Hijo de Dios ingresaba como hombre en el tiempo y en la
historia. La puerta de la basílica de san Pedro, que Juan Pablo II abrió en la
Navidad de 1999, es un signo de que la gracia de Dios que Jesús nos trajo se
ofrece con abundancia a los que iniciamos este tramo de la historia. Es una
oportunidad para que la Buena Noticia anunciada a los pobres acerca de la
llegada de un tiempo de liberación y libertad, se haga carne en iniciativas de
justicia y santidad1. Es ocasión para escuchar la invitación de Jesús resucitado que
nos dice: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me
abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap 3,20). Esta puerta abierta
nos permite ingresar en la Iglesia donde recibimos la invitación a un conjunto
de pensamientos, actitudes y sentimientos con los cuales los seguidores de Jesús
debemos vivir la memoria que funda la esperanza y emprender el camino del tercer
milenio2.
2.
Meditación y confesión de fe al comenzar un nuevo milenio
Es verdad que finalizamos un milenio en el que se ha silenciado a Dios y se ha
profanado al hombre hasta proclamar la muerte de ambos, por medio de injusticias
inmensas, de libertades conculcadas o mal vividas, de escepticismo y
desesperanza, de múltiples atropellos contra la vida, de nuevas formas de
idolatría del tener, del placer y del poder. Pero precisamente en estas
circunstancias Jesús nos está diciendo una vez más: “¡Levántate y
camina!” (Lc 5,23-24) “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del
mundo!” (Mt 28,20) “¡Vengan a mí todos los que están cansados y
afligidos, y yo los aliviaré!” (Mt 11,28). Sabemos que si Dios permite
pruebas, es porque, en su misericordia, tiene preparado su auxilio eficaz. Más
aún, sabemos que en medio de todas las oscuridades de esta época, Dios está
sembrando semillas buenas y bellas. Por eso exhortamos a los miembros del Pueblo
de Dios y también a todos los hombres de buena voluntad que viven en nuestra
tierra: ¡No nos dejemos vencer por el mal! ¡Construyamos con Jesús un mundo
nuevo!
Nos alientan las palabras y, sobre todo, los gestos tan elocuentes y
significativos del Papa Juan Pablo II: su apremiante invitación a la conversión
y a la renovación interior, su sincero reconocimiento de las culpas cometidas
por los hijos de la Iglesia, sus repetidos llamados a la paz y la justicia entre
todos. En su peregrinación a Tierra Santa, en la ciudad de Belén, expresó con
voz firme: “«Aquí nació Cristo de la Virgen María»: estas palabras,
inscritas en el lugar en que según la tradición nació Jesús, son la razón
del Gran Jubileo del año 2000. Son la razón de esta visita mía a Belén. Son
la fuente de la alegría, la esperanza y la buena voluntad que, a lo largo de
dos milenios, han llenado innumerables corazones humanos con sólo escuchar el
nombre de Belén.” (Juan Pablo II, 22.03.2000).
El milenio que amanece es una
nueva oportunidad que Dios mismo nos está ofreciendo. Es el Dios creador, el
Padre de Nuestro Señor Jesucristo, por quien fuimos llamados a formar un sólo
Pueblo, que es la Iglesia, y en la cual, ayer, hoy y siempre, se encuentra la
vida y la salvación. Por la gracia que Dios nos da, la celebración de los
Misterios, la proclamación de la Palabra, el testimonio de los santos, podemos
responder con confianza, mirando con esperanza el futuro. Por eso los obispos
argentinos hemos iniciado un renovado itinerario de reflexión, diálogo y
participación en orden a preparar, con el Pueblo de Dios, un nuevo documento
que actualice las «Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización» (CEA,
1990), destinado a los inicios de este milenio. En esta ocasión y para ayudar a
vivir el sentido de este tiempo particular con una mirada impregnada de fe y
esperanza, compartimos esta meditación, que es, al mismo tiempo, una confesión
de fe en Jesucristo, Hijo del Padre y dador del Espíritu Santo. Él es la
clave, el centro y el fin de toda la historia, el gozo del corazón humano y la
plenitud total de sus aspiraciones3.
I - En el principio del tiempo…
“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que
hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado
con nuestras manos acerca de la Palabra de vida, es lo que les anunciamos.
Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les
anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha
manifestado” (1 Jn 1,1-2).
3.
Nuestra
identidad en una época de cambios
El comienzo del año 2000 encuentra a la humanidad en un momento muy
significativo. Algunas décadas atrás la Iglesia hablaba del amanecer de una
nueva época de la historia humana caracterizada, sobre todo, por profundas
transformaciones4. Pero ese amanecer no ha concluido. Más aún, aquellas situaciones
nuevas se han vuelto más complejas todavía. Por eso podemos percibir qué es
lo que termina, pero no descubrimos con la misma claridad aquello que está
comenzando. Frente a esta novedad se entrecruzan la perplejidad y la fascinación,
la desorientación y el deseo de futuro. En este contexto se plantean, a veces
de un modo oculto y desordenado, preguntas urgentes: ¿Quién soy en realidad?
¿Cuál es nuestro origen y cuál nuestro destino? ¿Qué sentido tienen el
esfuerzo y el trabajo, el dolor y el fracaso, el mal y la muerte? Tenemos
necesidad de volver sobre estos interrogantes fundamentales. En una época de
profundas transformaciones, la cuestión de la identidad aparece como uno de los
grandes desafíos. Y esta problemática afecta de modo decisivo al crecimiento,
a la maduración y a la felicidad de todos. En este marco, queremos anunciar lo
que creemos, porque el Evangelio es una luz para estos planteos que nos
inquietan.
4.
Nacidos del amor
Los seres humanos tenemos un origen común. Todos hemos sido creados por
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios está al comienzo de la vida de
cada varón y mujer. Nuestro origen no reside en la casualidad. No provenimos de
una fuerza sin nombre y sin rostro. No somos el fruto de una lucha, de un
capricho o de una mera ley de la naturaleza. Nuestro origen es un Dios que ama.
Que este mensaje llegue al
corazón de los que transitan la existencia en la angustia o la rebelión por no
hallar sentido al haber nacido; a los hombres que, cuando se remontan hacia el
pasado, experimentan el dolor de no haber sido queridos y valorados; a los que,
cuando buscan en la fuente de sus vidas, descubren violencia y agresión; a
aquellos que, revisando su historia personal, no encuentran sino pobreza y
desamparo; a la multitud de quienes, en el correr de los acontecimientos, quedan
atrapados en la inmediatez de lo cotidiano.
A ellos y a todos les
recordamos que nuestro origen, y por tanto nuestra identidad, están en Dios, el
Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que es la fuente inagotable y primera de
nuestra existencia. En el principio de cada uno de nosotros está la iniciativa
divina, libre y gratuita. Hemos sido pensados y queridos por Él. Por ello toda
vida humana debe ser considerada sagrada e inviolable.
Más aún, el Padre nos ha
creado en su Hijo Jesucristo y nos ha destinado a reproducir su imagen5. “¡Miren cómo nos amó el
Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente”
(1 Jn 3,1). Por eso, nuestra identidad y vocación más profunda es la de ser
hijos e hijas. En su ser más íntimo ninguno de nosotros es huérfano.
Sabernos redimidos por Cristo, renacidos del Espíritu, sentirnos y comportarnos
como hijos del Padre, es el corazón de la vida cristiana.
5.
Una convivencia con sentido infinito
Dios Padre nos ha creado como hijos e hijas haciéndonos colaboradores en su
obra creadora; co-creadores de vida y de amor, formadores de familia y
constructores de historia. Nos ha hecho protagonistas. Más aún, Él nos ha
hecho creaturas sociales y políticas. “Para el hombre, existir es convivir...
la persona es esencialmente social. Sólo cuando a semejanza de la unión entre
las personas divinas realizamos entre los hombres la unión de los hijos de Dios
en la verdad y en la caridad, encuentra su plenitud la imagen de Dios que
llevamos en nosotros” (ICN 60). Así como en el origen de la vida de cada ser
humano, también en el principio de la vida social está Dios. Esto tiene su
primera y fundamental realización en la vida familiar. Dios, que es familia,
creó la familia a su imagen y semejanza. El existir con otros y el vivir juntos
no es el fruto de una desgracia a la que haya que resignarse, ni un hecho
accidental que debamos soportar; ni siquiera se trata de una mera estrategia
para poder sobrevivir. Toda vida en sociedad tiene para las personas un
fundamento más hondo: Dios mismo. Él es Uno con una unidad sin comparaciones
adecuadas. Pero también es Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas
realmente distintas. Por lo tanto, la distinción y la unidad en Dios son ambas
sagradas. A su imagen y semejanza, Dios nos ha creado distintos, pero
necesitados unos de otros. Por eso es importante tanto el reconocimiento de las
diversidades como la valoración de la unidad y de lo que es común. Pluralidad
y diálogo, intercambio y apertura; unidad, valores comunes e idiosincrasia como
nación, no son alternativas entre las que hay que optar, sino dimensiones en
las que hay que vivir. Diversidad en la unidad entre los grupos, etnias,
partidos políticos y organizaciones intermedias. Unidad en la diversidad entre
las provincias y regiones. Diversidad en la unidad entre la Argentina y nuestra
patria grande latinoamericana. Unidad en la diversidad en América y el mundo6. Fundados en el misterio de
Dios hemos de construir cada día, entre todos, la historia común.
6.
La patria nacida del corazón de Dios
Por eso, lo que señalábamos sobre la identidad de las personas, se puede
aplicar también, en un sentido análogo, a los países. La cuestión, tantas
veces debatida, acerca de la identidad nacional se plantea hoy de un modo nuevo7. Creemos que nuestra patria
es un don de Dios confiado a nuestra libertad, un regalo de amor que debemos
cuidar y mejorar. Esto mismo nos exige superar progresivamente las tensiones
históricas de nuestro ser como país8. En tiempos marcados por la globalización, no debe debilitarse la
voluntad de ser una nación, una familia fiel a su historia, a su identidad y a
sus valores humanos y cristianos. Al mismo tiempo la conciencia de nuestra
identidad, lejos de encerrarnos en nuestros límites, debe abrirnos con
solidaridad a las dimensiones de un mundo cada vez más interrelacionado.
II -
En la plenitud de los tiempos…
“Cuando se cumplió el
tiempo establecido,
Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer”
(Gal 4,4).
7.
Nos amó hasta dar la vida
Para nosotros, cristianos, no basta afirmar que nuestro origen está en un Dios
que nos ama. Creemos que ese amor del Padre Dios llegó a un extremo
incomprensible, misterioso, deslumbrantemente bello. Nos envió a su propio
Hijo, verdadero Dios, para que se hiciera verdadero hombre, con una carne como
la nuestra, un corazón como el nuestro, una historia como la nuestra, sin caer
en las miserias de nuestros odios, egoísmos y mezquindades. Es hombre
verdadero, pero libre de pecado9. Modelo perfecto de lo que el Padre quiere que seamos. En Él
culmina el plan de Dios. Él es la plenitud del tiempo y el centro de la
historia.
Sin embargo, el hombre rechazó
su presencia y quiso eliminar su persona y su mensaje. Su amor por el hombre
llegó a la «locura»10,
aceptó ser clavado en la cruz y entregarse por nosotros hasta experimentar el más
amargo y profundo dolor. Así, su sangre derramada nos purificó de nuestros
pecados11.
El Señor reacciona ante el pecado del hombre con un ofrecimiento inaudito de
misericordia y de perdón.
Pero, el Padre no podía dejar
al Hijo amado bajo el poder de la muerte. Y Jesucristo nuestro redentor resucitó.
¡Vive! Por eso su presencia también es una realidad para nosotros. Él visita
la pobre existencia de cada ser humano para derramar la vida nueva del Espíritu
Santo. Los que supieron descubrirlo reconocen que hay un antes y un después de
haberlo conocido. Antes y después de Cristo la vida no es la misma12. Así lo proclaman,
por ejemplo, San Pablo, San Francisco de Asís, Edith Stein y tantos otros
santos que han reflejado en su vida la presencia luminosa de Jesús.
8.
Sumergidos en el tiempo
Esta preciosa verdad, y la llegada del tercer milenio, constituyen una ocasión
excepcional para meditar acerca del tiempo en el cual estamos sumergidos. Así
como sucede con todas las cosas que son parte de lo cotidiano, raramente nos
detenemos a pensar en él. Pero si lo hacemos, podemos descubrir que el tiempo
es una realidad sorprendente. Imitando la reflexión de un antiguo libro bíblico13, podemos decir que hay
tiempos de amaneceres, de comienzo y de nacimiento; y otros de despedida, de
final y de muerte. Hay tiempos en los que nada parece suceder, donde la vida
apenas transcurre; y hay otros en los que se agolpan las situaciones fuertes de
la existencia. Hay tiempos acompañados y compartidos; otros vacíos y
abandonados. Hay tiempos de gracia y de promesas; hay otros de amenaza y
frustración. Hay horas, días y años que parecen más largos e intensos que
otros. En fin, nos preguntamos: ¿Para qué es el tiempo? ¿Para gastarlo, para
soportarlo, para salir de él? Pues, si bien cada día o cada año es una
realidad distinta, los días y años se van sumando unos a otros con su repetición
y su rutina, provocando muchas veces una sensación de monotonía y cansancio.
Cada día es un «volver a comenzar» y cada noche es un «volver a concluir»,
donde parece no haber novedad14.
Sin embargo, en el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental.
Dentro de su dimensión ha sido creado el mundo y en su interior se desarrolla
la historia de la salvación. Todo año, todo tiempo y todo momento ha sido
abrazado por la encarnación y la resurrección de Cristo. En Él, el tiempo
llega a ser una dimensión de Dios15.
9.
El Señor del tiempo y de la historia
Todo esto nos lleva a confesar lo que creemos, y lo que creen también las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales hermanas: ¡Jesucristo es el Señor del tiempo
y de la historia!
Jesús es Señor de la
historia por su nacimiento. Siendo la plenitud de la
Vida ha sido enviado a poner “su carpa” en medio de nuestras vidas pequeñas
para hacerlas grandes y luminosas. Vivió como uno de nosotros y no tuvo vergüenza
de llamarse hermano nuestro. El tiempo humano del nacimiento, del crecimiento,
del trabajo humilde, de la vida familiar, ha sido visitado por la eternidad.
Jesús es Señor de la
historia por su pasión y su muerte. No se alejó de las
historias de los seres humanos reales ni esquivó la conflictividad que
atraviesa el tiempo de los hombres. Vivió expuesto al rechazo y al dolor; hasta
que le llegó su «hora», tan temida16 y tan ansiada17, en la que padeció la violencia, la tortura y la muerte en cruz.
El pesebre y el calvario, su nacer y el morir son los primeros modos del señorío
del Hijo de Dios sobre la historia. Él es Señor haciéndose niño, servidor y
mártir.
Jesús es Señor de la
historia por su resurrección. La vida y la muerte entran
en la vida eterna del Hijo. En su cuerpo resucitado una parte de este mundo ya
alcanzó la plenitud definitiva y la eternidad ha acogido para siempre al tiempo
y a la historia. Su vida resucitada atrae nuestras vidas caminantes para que
lleguen también a la luz que no tiene ocaso.
Jesús es Señor de la
historia por su nueva presencia a partir de Pentecostés. El
Espíritu Santo hace presente a Jesús resucitado en cualquier tiempo y
circunstancia histórica. Gracias a la acción del Espíritu, ya no habrá
ninguna historia humana, ningún tiempo, que no pueda tener al Hijo de Dios como
compañero de camino. Su presencia es más profunda que cualquier soledad.
Jesús es Señor de la
historia porque nos da la certeza de que la historia de cada ser humano
concluye en el Dios que quiere que todos se salven. Es la coronación de la
vocación trascendente a la que los hombres estamos llamados.
10.
Nuestra historia impulsada hacia delante
Dios ha salvado al hombre por Jesucristo en el tiempo y en la historia. Por eso
decimos que la salvación no se realiza al margen de la historia. No estamos
llamados a salvarnos «de» la historia, sino «en» ella. El encuentro con
Jesucristo y la salvación que Él ofrece se dieron, se dan y se darán en el
corazón de la vida, en medio de sus circunstancias concretas: vínculos,
conflictos y dolores; sentimientos, experiencias y acontecimientos; personas y
comunidades. Pero, si las «pequeñas» historias son visitadas por Dios, también
las «grandes» pueden recibirlo. También el nuestro es un tiempo disponible
para el encuentro con Jesús resucitado, un tiempo favorable y oportuno.
Queremos compartir con todos los argentinos esta convicción. La magnitud de las
transformaciones y de los desafíos que afrontamos pueden ser una ocasión para
descubrir aspectos nuevos de la visita de Dios. La sociedad y la Iglesia están
puestas ante un futuro difícil de descifrar, en el que se entrecruzan
oportunidades y amenazas. Creemos que lo inédito de este tiempo es una ocasión
para dejarnos sorprender por Dios; que una época nueva de la historia humana es
una oportunidad para abrirse al Eterno Viviente. Para ello se nos está
ofreciendo especialmente el auxilio de la gracia de Dios, el poder de su Espíritu.
En la Iglesia, que brota del
corazón abierto de Cristo, el Espíritu Santo impulsa a la humanidad para que
vaya entrando cada vez más en la plenitud del Resucitado. En el amanecer de un
nuevo milenio, la Iglesia no deja de invocar al Espíritu de vida para que Él
derrame su dinamismo en esta historia; porque sin el Espíritu este mundo pierde
su verdadera fuerza, el empuje del amor que puede lanzarlo hacia adelante.
11. La enorme
inequidad que interpela a todos
El mismo Espíritu Santo nos ayuda a mirar el mundo con los ojos de Cristo y así
nos permite descubrir su belleza y sus posibilidades, pero también su miseria,
todo lo que se opone al ideal del Evangelio. La inmensa dignidad de cada ser
humano se funda en el hecho de que todos los hombres hemos sido creados por un
Padre que nos ama y hemos sido hechos hermanos de Jesucristo por su encarnación.
“Precisamente en el interior de nuestra profesión de fe descubrimos que la
grandeza del hombre está profundamente vinculada con la realidad de Dios, el
Padre de nuestro Señor Jesucristo” (LPNE 26)18. Por eso afirmamos que
“la fe en Dios está estrechamente asociada con la dignidad del hombre”
(LPNE 20) y que, a la luz de esta verdad, los atentados a la vida, desde su
concepción hasta su muerte natural, los ataques a la familia, la insuficiente
extensión de la educación y su carencia de valores, la destrucción de
personas y pueblos adquieren una mayor dramaticidad.
De entre todas las heridas a
la dignidad, en 1990 los obispos argentinos destacábamos una que conserva toda
su actualidad en el umbral del nuevo milenio, la «justicia demasiado largamente
esperada»: “La justicia, derecho fundamental de las personas y comunidades,
exige superar con apremio las múltiples situaciones en que es conculcada. Una
de las más clamorosas es el problema de la pobreza, que se extiende y agrava
hasta dimensiones infrahumanas de miseria…” (LPNE 13).
En nuestra Carta pastoral de
1998 recordamos una vez más la urgencia y profundidad de esta problemática:
“Somos conscientes de las dificultades en que vive nuestro pueblo. Éstas
provienen en gran parte de la cultura ambiente que propone el competir y el éxito
económico como valores supremos. Y, sobre todo, nos duele la situación de
penuria, y hasta exclusión total, que esta filosofía y práctica económicas
van provocando y que afectan más gravemente a los más pobres” (CMGD 3). El
neoliberalismo imperante tiende a proponerse como “justificación ideológica
de algunas actitudes y modos de obrar en el campo social y político que causan
la marginación de los más débiles” (EA 56).
Hoy, con tristeza y preocupación,
constatamos que la pérdida del sentido de justicia y la falta de respeto hacia
los demás se han agudizado y se han convertido en una enorme situación de
inequidad, arraigada profundamente entre nosotros. Constituyen una gravísima
corrupción moral. Por eso exhortamos a cada uno de los argentinos a mirar su
propio corazón, sus opciones concretas y su forma de actuar, para preguntarse
si no está participando también él, en mayor o menor grado, en la construcción
de esa red de inmoralidad que conduce a la pobreza y favorece tantas formas de
violencia y egoísmo. Cada uno, según sus posibilidades y responsabilidad, debe
cooperar para eliminar estas verdaderas estructuras de pecado19.
12.
El alimento para el amor y la justicia
El año 2000 nos presenta el desafío de redescubrir el compromiso de Dios con
el mundo20,
su reino de justicia y paz como horizonte de la sociedad, su amor preferencial
por los pobres, débiles y sufrientes y su llamado a recrear la convivencia
social mediante la práctica de la justicia y de la caridad. Jesús a través de
su Iglesia nos regala su presencia sustancial en la Eucaristía, fuente y culmen
de toda la vida cristiana.
La Eucaristía es escuela de
amor a Dios y de amor al prójimo. La misma fe que reconoce a Jesús en el
Sacramento del Amor debe descubrirlo, contemplarlo y servirlo en los más
necesitados, especialmente en los más pobres, con quienes ha querido
identificarse con una ternura especial y a quienes llama “mis hermanos más
pequeños” (Mt 25, 40). Jesús está presente en el Santísimo Sacramento, de
modo que al comer su Cuerpo y beber su Sangre se abran los ojos de nuestra fe
para saber vivir como verdaderos hijos de Dios y descubrir las otras formas de
su presencia, particularmente en el hermano injustamente postergado y necesitado21, donde Jesús prolonga
su pasión. Al escuchar su Palabra y al reconocerlo en la fracción del Pan,
nosotros, como los discípulos de Emaús, sentimos que nuestro corazón arde de
amor apasionado y compasivo22. El encuentro con Él robustece la caridad para poder perseverar en
el amor a pesar del desgaste del tiempo. Por todo esto es esencial que nuestras
comunidades redescubran el significado del domingo y de la asamblea que lo
celebra.
13.
Presencia que invita a la conversión y a la amistad
Esta presencia especial de Jesús en la Eucaristía es una permanente invitación
al encuentro con Él, que ha querido entrar en nuestra historia para hacernos
partícipes de su vida divina. Saber que allí está nuestro Redentor, el que
nos amó hasta el fin, no puede dejarnos indiferentes. Él está allí para
encontrarse con nosotros, para ofrecernos un abrazo de amistad que calme
nuestras angustias y alivie nuestros cansancios. Él está allí para escuchar
aquello que con nadie podemos conversar. Está allí para decirnos lo que más
necesitamos escuchar. Está para alimentarnos en el camino y derramar su Espíritu
de vida en nuestros corazones, porque Él quiere sanar nuestra debilidad,
impulsarnos a la lucha por la verdad y la justicia, y preservarnos de las
atracciones del mal que nos seduce y enferma.
Pero además, el Jubileo nos
invita a redescubrir que Él está también presente en su Palabra para
alimentar nuestra fe, para iluminar nuestro camino, para hablarnos de su amor,
para llamarnos a la justicia y a la paz. Leer su Palabra en oración, escucharla
con deseo en la Misa, es estar ante Él, como el amigo que se sienta a sus pies,
prestándole atención, recibiendo su luz23. Además, Jesús está presente en todos los Sacramentos, en los
pastores que actúan en su nombre, en los hermanos unidos, en las devociones y
en la alabanza de su Pueblo, y viene a nuestro encuentro en cada ser humano
–sobre todo en los pobres y enfermos– y en cada acontecimiento de nuestra
vida24. El Jubileo nos invita
a reconocer estas presencias para renovar nuestro encuentro con Cristo vivo. La
conversión, actitud característica del Año Santo25, es el fruto de
habernos dejado encontrar por Él y es también el camino para una intimidad
mayor con Él26. Esta actitud se
concreta de modo especial en la celebración frecuente del sacramento de la
reconciliación.
Queremos recorrer como Pueblo de Dios este camino de conversión,
ayudándonos y estimulándonos unos a otros, para que el rostro de Cristo se
refleje cada vez mejor en las personas y en las estructuras de su Iglesia amada.
III - En el final de los tiempos...
“Porque
nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará
con Jesús a los que murieron con Él” (1
Tes 4,14).
“Yo hago nuevas todas las
cosas” (Ap 21,5).
“El que garantiza estas cosas
afirma: «¡Sí, volveré pronto!». ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!” (Ap
22,20).
14. El mal que nos agobia
y nos detiene
Jesús resucitado está presente, vivo entre nosotros, pero el estado en que se
encuentra nuestro mundo parece decirnos otra cosa. Cristo, hecho un niño
indefenso en Belén e indefenso también en la cruz, ha querido someterse a los
límites de esta historia. Es cierto que es el Hijo de Dios, es verdad que ha
resucitado glorioso27. Pero Él ha querido depender de nuestra pobre libertad, enferma y
débil. Es cierto que Él tiene la iniciativa, que Él nos ofrece su gracia,
pero nuestra capacidad de elegir y las consecuencias del pecado hacen que
podamos decirle que no; Él ha querido respetar esa libertad. Eso nos permite
vivir una historia donde podemos caer y levantarnos, retroceder y volver a
avanzar; eso mismo, que nos parece valioso, es lo que explica tantas
injusticias, tanta violencia, tanta incertidumbre y tanto dolor.
15.
¿Qué
se puede esperar?
La cercanía del tercer milenio ha puesto en primer plano la cuestión del
futuro de la humanidad y ha favorecido la difusión de una gran variedad de
ideas sobre lo que vendrá. Para algunos, el mundo está cerca de su final
catastrófico, la destrucción estaría a las puertas y hasta tendría fecha
precisa. Extrañas predicciones, antiguas y nuevas, asegurarían que el fin está
cerca. Para otros, el universo está en su infancia, recién ha concluido su
primera etapa de vida; ha comenzado una nueva era. Hay quienes piensan que
simplemente no hay futuro, el porvenir posee tan poco significado como lo tiene
el presente y lo tuvo el pasado. Otros viven como si todo se redujera al
instante, al hoy y aquí, para alcanzar el mayor bienestar posible. El tiempo se
contrae en el hoy, sin memoria del ayer y sin apertura al mañana; el futuro sería
una ilusión que distrae del presente e impide vivirlo a fondo. La falsa idea de
la reencarnación, la afirmación de que tenemos varias vidas sucesivas,
lamentablemente gana hoy adeptos, incluso entre los cristianos.
Esta breve descripción,
ciertamente incompleta, refleja la actualidad del tema del futuro y la
importancia de la reflexión sobre la historia. Es evidente que el modo como las
personas y los grupos sociales conciben el fin de los tiempos tiene un gran
impacto sobre la manera de afrontar el presente. El camino de la vida es muy
diferente de acuerdo al final que uno presienta o imagine. ¿Es acaso lo mismo
si al fin del camino no hay nada ni nadie, o si en la meta de la existencia hay
una Presencia y un abrazo? Peregrinar la vida, engendrar y educar hijos,
construir historia, apostar al amor y forjar futuro no tienen los mismos motivos
si el vacío lo ha de devorar todo o si al final nos espera Alguien. La situación
cultural actual, crecientemente plural, nos invita a redescubrir la originalidad
del mensaje judeo-cristiano sobre la historia: un camino personal y comunitario
con origen, sentido y plenitud final en Dios.
16.
Preparando el futuro
Una cosa hay cierta para los creyentes: el conjunto de esfuerzos realizados por
el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida
responde a la voluntad de Dios. Esta enseñanza vale igualmente para los
quehaceres más ordinarios de la vida. Por eso, las personas que mediante su
trabajo procuran el sustento para sí y su familia y realizan generosamente una
tarea en la sociedad, desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus
hermanos y contribuyen a que se cumplan los designios de Dios en la historia de
nuestra patria28.
Más aún, creemos que nuestro trabajo cotidiano prepara el “material del
reino de los cielos” (GS 38) y que todos los frutos de nuestro esfuerzo,
realizados con la ayuda del Espíritu de Jesucristo, “volveremos a
encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados” en el reino
futuro, cuando, vencida la muerte, se consumará la obra de Dios, ahora
misteriosamente presente29. Los creyentes
encontramos en nuestra fe un nuevo motivo para trabajar en la edificación de un
mundo más humano. La esperanza en un futuro más allá de la historia nos
compromete mucho más con la suerte de esta historia. ¡Cómo deseamos que esta
esperanza activa empape la conciencia y la conducta de cada uno de nuestros
hermanos! Pero, estas mismas convicciones que reflejan el significado profundo
del esfuerzo cotidiano y del trabajo, también revelan con mayor hondura la
gravedad de algunas situaciones, como por ejemplo, la problemática del
desempleo y de la precariedad laboral, una verdadera enfermedad social muy
extendida entre nosotros. Muchos que quisieran colaborar para construir esta
historia común están privados de la posibilidad de trabajar, y ni siquiera
pueden encaminar su propia familia hacia un futuro mejor.
17. Una
promesa que supera toda expectativa
A quienes ponen su confianza en un progreso científico ilimitado, a quienes
confían casi religiosamente en mecanismos socio-económicos para la edificación
de una nueva humanidad, como la absolutización de las leyes del mercado, a
quienes se desalientan por los múltiples indicadores negativos que hacen temer
por el futuro de la familia humana, a aquellos a quienes el futuro angustia, les
anunciamos la verdad de la esperanza cristiana. El camino de la historia debe
abrirse a una plenitud que la humanidad no puede alcanzar por sí misma. La
historia está abierta a la acción de Dios, que transformará este mundo de una
manera que no sospechamos. La segunda venida de Jesucristo que esperamos, la
parusía, consumación de su obra y plenitud final del tiempo y de la historia
humana, no será sólo continuación del presente, mera prolongación de lo que
somos, sino también novedad que irrumpe, gracia que nos sale al encuentro. Ese
futuro reclama nuestro esfuerzo, pero es, ante todo, el fruto de un amor más
grande. La comunidad humana reconciliada en Cristo es el futuro prometido a cada
mujer y varón. Éste es el sentido profundo de lo que proclamamos al final del
Credo: “creemos en la resurrección de la carne y en la vida eterna”.
18.
Una
esperanza para todos
Un anuncio cargado de esperanza, que brota del encuentro con Jesucristo, el «crucificado
que resucitó»30, ilumina nuestra situación marcada por tantas limitaciones y
pecados. ¡Jesús volverá!: al final de los tiempos vendrá a consumar su
triunfo y secará toda lágrima, “y no habrá más muerte, ni pena, ni queja,
ni dolor, porque todo lo de antes pasó. Y no habrá allí ninguna maldición…Tampoco
existirá la noche” (Ap 21,4; 22,3.5). ¡Jesús irrumpirá como Juez! En el
atardecer de la vida de cada uno y en el crepúsculo de la historia universal
seremos juzgados en el amor. ¡Jesús reinará! Toda la creación, recogida en
Él, será ofrecida al Padre para que circule plenamente por ella la vida de la
Trinidad. ¡Jesús hará nuevas todas las cosas! Entonces será la reunión
final de toda la familia humana. “Dios será todo en todos” (1 Co 15,28), ya
que la creación y la humanidad serán “la morada de Dios entre los hombres:
Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con
ellos” (Ap 21,3).
19. La fortaleza del
Pueblo creyente
De modo particular en este año jubilar compartimos con todos nuestros hermanos
la riqueza de la fe y de la esperanza, y les deseamos con toda la fuerza de
nuestro corazón “que el Dios de la esperanza los llene de alegría y de paz
en la fe, para que la esperanza sobreabunde en ustedes por obra del Espíritu
Santo” (Rm 15,13). En este sentido, es necesario que apreciemos los signos de
esperanza presentes entre nosotros, a pesar de las sombras que con frecuencia
los esconden a nuestros ojos31. Uno de esos signos es la fe de nuestro pueblo, sobre todo de los más
sencillos, que en situaciones angustiosas donde no parece haber una salida
imaginable, son capaces de aferrarse a Dios con todo el corazón. La confianza
en un Amor que los supera les ayuda a seguir caminando.
Reflexión
final
20. Jesucristo ayer, hoy
y para siempre
Nosotros creemos y confesamos: ¡Jesucristo es el Señor del principio, de la
plenitud y del futuro de la historia! Nuestra meditación ha procurado desentrañar
algunos aspectos del potencial de luz, belleza y verdad, contenidos en este
anuncio apasionado. El encuentro con el Señor del principio de la historia
nos abre a una nueva comprensión de las grandes cuestiones acerca de nuestro
origen y nuestra identidad. El encuentro con el Señor de la plenitud de los
tiempos nos revela el sentido más profundo de este tiempo humano; también
nos permite vislumbrar la riqueza de la providencia de Dios y la gravedad de la
responsabilidad que tenemos para lograr una historia más justa y plena. El
encuentro con el Señor del final de la historia nos descubre un panorama
original sobre el futuro de la humanidad y del mundo material, hoy tan
amenazado. La esperanza y el trabajo, el don y la tarea, la alegría y el dolor
se abren al encuentro definitivo con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
21.
Un
Pueblo que se convierte y renueva
La Iglesia se sabe enviada por Jesucristo vivo al encuentro de los seres humanos
de todos los tiempos. Por eso, cuando la familia humana comienza a transitar un
nuevo milenio, ella quiere renovarse en su vocación de acompañar y servir a la
humanidad. La Iglesia del tercer milenio, arraigada en los sentimientos de
Cristo Jesús, quiere experimentar como suyos los gozos y las esperanzas, las
tristezas y las angustias de los hombres de este nuevo tiempo; desea
ardientemente sentirse íntima y realmente solidaria del género humano en esta
etapa del camino32. Esta vocación a la compañía y la solidaridad es la que se
expresa cuando afirmamos que la Iglesia es el Pueblo de Dios peregrino. Pero por
el mismo hecho de ser peregrina, sabe que también sus hijos –desde los laicos
hasta los obispos– cometen errores, caen, se resisten a la conversión. Por
eso reconoce que debe estar dispuesta a pedir perdón y a renovarse
permanentemente bajo el impulso del Espíritu Santo. Sin embargo, la Iglesia es
siempre, con sus luces y sus sombras, signo e instrumento de salvación para
todos los hombres33.
En este tiempo de gracia hacemos llegar a todos esta invitación: ¡Recibamos
el Espíritu Santo que brota del Corazón de Cristo resucitado! ¡Dejemos que
Dios nos renueve y nos reconcilie en nuestras familias, en nuestras comunidades
cristianas y en nuestra sociedad! ¡No nos resistamos a cambiar lo que debe ser
transformado! ¡Ofrezcámonos a Jesús como instrumentos para construir la nueva
civilización de la justicia y el amor! ¡Trabajemos todos a la luz del Señor
de la historia!
22. La madre que consuela
y anima
Hoy la Iglesia en la Argentina se lanza a esta permanente peregrinación como un
niño confiado, porque puede tomarse de la mano de su Madre, la Virgen Santísima.
Junto a la cruz de Jesús estaba la madre, y a su lado el discípulo amado en
nombre de toda la Iglesia. Y en ese momento sagrado Jesús nos dijo: “Ahí
tienes a tu madre” (Jn 19,27). María vive gloriosa con Jesús y está con
cada uno de nosotros ofreciéndonos la ternura y el vigor de su presencia
materna. Ella sabe que las grandes cosas deben construirse con valentía, cada día,
en medio de las cosas pequeñas, con la entrega y la prontitud propias de quien
imita a Jesús en el amor hasta la muerte de cruz. Ella, que nos visitó en Luján,
en Itatí, en el Valle de Catamarca, en el Milagro de Salta, y en tantos otros
lugares de nuestra tierra, nos alcance de su Hijo la generosidad, la valentía y
la honestidad necesarias para construir un mundo distinto y una historia mejor.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros,
para que podamos escuchar a Jesús que nos dice: “Tengan confianza” (Mt 9,
22), “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt
28,20).
Los Obispos de la República Argentina
79ª Asamblea Plenaria
San Miguel, 13 de mayo de 2000.
Memoria de Nuestra Señora de Fátima
[1]
[1]Notas[1]
[1] Cf. Lc
4,18-19.
[1][2[1]] Cf. IM 8.
[1][3[1]] Cf. GS 10; 45.
[1][4[1]] Cf. GS 54.
[1][5[1]] Cf. Rm 8,29; Ef 1,5.
[1][6[1]] Cf. EA 5; 32.
[1][7[1]] Cf. ICN 8, 79.
[1][8[1]] Cf. ECC 4-6.
[1][9[1]] Cf. Heb 4,15.
[1][10[1]] Cf. 1 Co 1,18ss.
[1][11[1]] Cf. Heb 8,14.
[1][12[1]] Cf. EA 8-12.
[1][13[1]] Cf. Ecle 3,1-8.
[1][14[1]] Cf. Ecle 1,9-10.
[1][15[1]] Cf. TMA 10.
[1][16[1]] Cf. Mc 14,35.4.
[1][17[1]] Cf. Jn 12,27.
[1][18[1]] Cf. GS 22
[1][19[1]] Cf. SRS 36; SD 243.
[1][20[1]] Cf. Jn 3,16.
[1][21[1]] Cf. Mt 25,31-46.
[1][22[1]] Cf. Lc 24,32.
[1][23[1]] Cf. Lc 10,39.
[1][24[1]] Cf. SC 7; DP 196.
[1][25[1]] Cf. IM 11.
[1][26[1]] Cf. EA 26.
[1][27[1]] Cf. Rm 1,4.
[1][28[1]] Cf. GS 34.
[1][29[1]] Cf. GS 39.
[1][30[1]] Cf. Mt 28,5-6; Mc 16,6; Lc 24,6.
[1][31[1]] Cf. TMA 46.
[1][32[1]] Cf. GS 1.
[1][33[1]] Cf. LG 1.
Siglas
CEA
Conferencia Episcopal Argentina
CMGD Conferencia
Episcopal Argentina, Compartir la multiforme Gracia de Dios, Oficina del
Libro de la CEA
DP
IIIª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento de
Puebla, Oficina del Libro de la CEA
EA
Juan Pablo II, Exhortación apostólica Ecclesia in America,
Oficina del Libro de la CEA
ECC
Conferencia Episcopal Argentina, El Evangelio ante la crisis de la
civilización, Oficina del Libro de la CEA
GS
Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes
ICN Conferencia
Episcopal Argentina, Iglesia y comunidad nacional, Oficina del Libro de
la CEA
IM
Juan Pablo II, Bula Incarnationis Mysterium, Oficina del Libro de
la CEA
LG
Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium
LPNE Conferencia
Episcopal Argentina, Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización,
Oficina del Libro de la CEA
SC
Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium
SD
IVª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo
SRS Juan
Pablo II, Carta encíclica Sollicitudo rei socialis
TMA Juan
Pablo II, Exhortación apostólica Tertio Millennio Adveniente
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