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Mensaje para la Navidad de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata,
publicado en el diario
El Día

 DIOS SE HIZO NIÑO

 

La imagen adecuada de la Navidad no es Papá Noel con su trineo y los renos, ni siquiera el arbolito cargado de luces y regalos, sino la Virgen María con el Niño Jesús entre sus brazos. En el oriente cristiano el icono de la Madre de Dios se expresa en dos modelos fundamentales: “la Virgen de la ternura”, representación en la que el Niño rodea cariñosamente el cuello de su Madre y estrecha el rostro contra su mejilla, y “la que muestra el camino”, porque en este esquema la Madre sostiene sobre un brazo a su Hijo mientras lo señala con la otra mano, ofreciéndolo al reconocimiento y al amor de los fieles. En occidente, en cambio, y a lo largo de siglos –sobre todo a partir del 1400– se multiplicaron las representaciones pictóricas de maría con el Niño: ella lo amamanta, lo acuna en su regazo, el mismo que a veces sirve de trono al pequeño rey; Jesús lo abraza o lo acaricia, recibe una flor, una fruta, un regalo cualquiera; se inclina juguetón hacia lo que tiene delante: un corderito o un pastor, los tesoros de los reyes magos, un santo de cualquier época ubicado allí en perfecto anacronismo,  su primo Juan el Bautista, niño como él.

De un modo o de otro, esa multitud de imágenes entre las que se cuentan obras maestras del arte universal vienen a ilustrar la afirmación de San Pablo: “cuando llegó la plenitud del tiempo Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer”, y la de San Juan: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

El Hijo de Dios se hizo hombre, carne, niño. Carne designa, en el lenguaje bíblico, la condición de la criatura, la fragilidad humana, que salta a la vista en la pequeñez e indefensión del niño. He aquí  el gran misterio de Navidad. El Hijo eterno, que en la trinidad recibe todo el Padre, asume la naturaleza humana en la forma  infantil. Es engendrado sin intervención de varón, por la acción del Espíritu Santo, pero se desarrolla durante nueve meses en el seno de su Madre y después de su alumbramiento (que es en realidad el alumbramiento del mundo, porque él es la luz del mundo) crece como crecen los niños en edad, en estatura, en comprensión de la realidad del hombre, y del mundo. Despliega entonces en términos infantiles su relación eterna con el Padre y el Espíritu lo va preparando a la misión mientras aprende humanamente de María y de José. En la Nochebuena Dios fue un bebé, un Dios hecho asequible, a nuestra medida, enteramente hombre. ¿Existe una manera más convincente de demostrar que Dios es amor?

Los Evangelios muestran que Jesús manifestaban poseer un conocimiento profundo y original sobre el ser y la dignidad de los niños, un conocimiento tal que no podía proceder sino de sus propias vivencias infantiles, de haber experimentado como niño la riqueza del amor, el seguro refugio, la gratitud y la confianza en la relación con María y con el Padre eterno. De allí surge una actitud innovadora ante la infancia que es propia del cristianismo. En el mundo contemporáneo del Señor los niños se contaban, al igual que las mujeres, entre las cosas de poco precio; así ocurría en Israel tanto como en los que pueblos paganos. Los textos evangélicos revelan esa mentalidad encarnada incluso en los apóstoles; éstos no pueden entender que Jesús preste atención a los niños y se ocupe de ellos, y por eso pretenden alejarlos. Él, en cambio, deja que se acerquen, considera que están más cerca de Dios que los adultos y declara que el que no vuelve a hacerse como niño no entrará en el Reino, que es preciso achicarse para ser grande. Es decir, que hay que aprender de nuevo a decir “Abbá”, a llamar de veras a Dios ¡Padre!

Del Niño Jesús aprendemos a ocuparnos de los niños, no para proclamar retóricamente sus derechos, sino para respetar y reivindicar efectivamente su dignidad, injuriada con tanta frecuencia por el maltrato, el abuso, el abandono, la miseria, el escándalo q les arrebata la inocencia o la fe. ¡Clama al cielo la masacre cotidiana de los inocentes! Algo más aprendemos del Dios hecho niño. El hijo de Dios se hizo hombre, es decir: niño, para q el hombre adquiera la dignidad de hijo de Dios, de niño de Dios. El nos hace participar de sus sentimientos filiales, nos educa en la dependencia espontánea y gozosa respecto de nuestro Padre Dios, en el abandono confiado a su cuidado, a su beneplácito. Se ha llamado “infancia espiritual” a esta actitud, pero no se la debe interpretar como la postura ñoña, infantiloide, de quien rehúsa hacerse cargo de la gravedad de la vida y de la seriedad de sus compromisos. Significa más bien vivir agradeciendo y suplicando los dones del cielo, sin astucia mundana, dispuestos siempre a compartir lo recibido con generoso desprendimiento, conservar la candidez de la fe q nos da acceso al Misterio, acompasarnos al tiempo de un Dios q tiene tiempo para nosotros y cuya presencia plenifica cada instante. Si dejamos crecer en el fondo del alma una gracia semejante, habremos comprendido el espíritu de la Navidad.


Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
(Publicado en El Día, de La Plata)

 

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