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SOLEMNIDAD DE LA NAVIDAD DE 2005
Y JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ


Mensaje de monseñor Martín de Elizalde, OSB, Obispo de Nueve de Julio

 

 

“El tema de reflexión de este año – en la verdad, la paz
expresa la convicción de que donde y cuando el hombre
se deja iluminar por el resplandor de la verdad,
emprende de modo casi natural el camino de la paz”

S. S. Benito XVI,
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 3
1 de enero de 2006

 

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas,
fieles cristianos de nuestra diócesis
y hombres y mujeres a los que Dios ama:

 

En la verdad, la paz”, el lema de la Jornada Mundial de la Paz, que celebraremos el 1 de enero próximo, nos recuerda el vínculo tan fuerte entre la paz, que es el anhelo de todos los hombres, y la verdad, resultado de la aceptación de Dios y de su designio. Ello está siempre como objetivo en la búsqueda de los corazones, conformando “en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor – la historia humana en el orden divino”. La paz no puede ser el resultado de la mentira o del error, del simple cálculo o del compromiso; semejante resultado estaría seriamente herido en su misma raíz, y se demostraría rápidamente ineficaz e inconsistente. Solo la verdad, la adecuación al ejemplar divino, con sus consecuencias de fidelidad y de perseverancia, con su dinamismo que la asocia a la creación de Dios, y es por tanto condición de desarrollo y de crecimiento, de riqueza y de expansión, puede aportarnos esa paz que deseamos y pedimos. A pesar de las limitaciones humanas y de las dificultades que puedan surgir, el adherirse a la verdad, con amor y con sinceridad, es lo que aporta finalmente la paz, que da la serenidad y el equilibrio, que afianza los vínculos solidarios y establece a los hombres y mujeres en una comunidad de hermanos, para perseverar en la certeza de la unión con Dios y su designio, pues Él es el Autor de todo bien.

“¿A qué nos referimos al utilizar la expresión ‘verdad de la paz’? Para contestar adecuadamente a esta pregunta se ha de tener presente que la paz no puede reducirse a la simple ausencia de conflictos armados, sino que debe entenderse como ‘el fruto de un orden asignado a la sociedad humana por su divino Fundador’, un orden ‘que los hombres, siempre sedientos de una justicia más perfecta, han de llevar a cabo’ . En cuanto resultado de un orden diseñado y querido por el amor de Dios, la paz tiene su verdad intrínseca e inapelable, y corresponde ‘a un anhelo y una esperanza que nosotros tenemos de manera imborrable’”.

 

 

I

 

Paz a los hombres que ama el Señor

La institución por el Papa Pablo VI de la Jornada Mundial de la Paz, el día de la Octava del nacimiento del Salvador, tiene un profundo significado. El mensaje de la Navidad es un mensaje de paz, como lo proclama el coro de los ángeles que alaba a Dios con estas palabras: “¡Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que ama el Señor!” Pero la paz que se desea y que se ofrece es aquella que buscan los hombres y mujeres de buena voluntad, muchas veces sin saberlo, y que atañe al ser y al obrar de cada persona humana, en su ámbito privado y en la acción que desarrolla en el mundo, por la responsabilidad con la creación y con la familia humana. Nuestro Señor es la Paz, que solamente se encuentra en Él: “Con la fuerza de su gracia es posible estar en la verdad y vivir de la verdad, porque sólo Él es absolutamente sincero y fiel. Jesús es la verdad que nos da la paz”. La Verdad que es Cristo, y es quien nos procura la paz, quien la hace deseable y nos la propone como un bien al que nos esforzamos por acceder.

Nos conmueven la violencia que reina en el mundo, así como las oposiciones y enemistades entre los hombres y las naciones, aún en el seno de una misma familia y de la Patria. La paz solo puede alcanzarse con generosidad y desprendimiento, pero estos deben estar inspirados y fundados en los valores genuinos, que se encuentran nada más que en la Verdad, no en el egoísmo y el interés, no en la humillación del otro, no en el dominio sobre los más débiles. Nuestra sociedad parece haber perdido la capacidad y hasta el gusto por la paz, pues la sacrifica con superficialidad y ligereza para alcanzar objetivos que nada tienen de nobles ni benefician a la comunidad. Y la primera claudicación está en la conciencia, cuando se acepta la mentira y deja de afirmarse la verdad; cuando se pasa casi insensiblemente por la concesión interior en el ámbito reducido de la vida personal o del grupo más pequeño, a la dimensión más amplia, que termina costando vidas humanas y que provoca la destrucción de un orden que debía acompañar y promover el bien de todos. “Paz a los hombres que ama el Señor”, expresa el deseo sincero, como una oración, que tanto amor entregado hasta el sacrificio por el Salvador redunde en frutos de paz, y que por esta paz, alcancemos la libertad verdadera, la vida eterna, la comunión que nos sostiene en nuestra existencia personal y que es el anticipo de la unidad con Dios y sus santos para siempre. Este alcance supratemporal de la paz, su valor trascendente, radica en la verdad, como nos lo presenta el Santo Padre: “En la verdad, la paz”.

 

El anuncio evangélico y la vida de la Iglesia

Desde la verdad, como razón y contenido del mensaje cristiano y de la obra salvadora de Cristo, se puede construir la paz, esfuerzo siempre necesario, comienzo y continuación incesante. El Papa Benito XVI, en su Mensaje, se refiere al Patriarca de los monjes de Occidente, San Benito de Nursia, “inspirador de una civilización pacificadora”, porque él supo plasmar en un estilo de vida, retirado y sencillo, pero de gran eficacia para renovar las conciencias y las actitudes, como una propuesta cristiana, centrada en Cristo y gozosamente establecida en la paz, ese camino personal y de la sociedad toda: “Busca la paz y síguela” (Salmo 33, 15; RB, Prol., 17). Buscar la paz en la verdad, para establecerla como la condición de nuestra libertad, de la unidad de los que somos hijos del mismo Padre, para que sea el instrumento del crecimiento personal y del fortalecimiento comunitario, del bien de cada uno y de sus intereses más nobles y del progreso y felicidad de toda la familia humana. No es otra cosa el mensaje del Evangelio, que nos invita a imitar a Cristo, quien dio su vida por los que Él amaba, y nos dejó su ejemplo y su palabra. La doctrina de la Iglesia nos recuerda que este es el camino que conduce a la vida, que nos asegura la práctica del bien en este mundo.

Apartarnos de la verdad, para privilegiar otros intereses, nos llevará a las mayores injusticias, y nos alejará de la paz. Ciertas propuestas de la cultura de hoy, valores presuntos que se ofrecen como necesarios y provechosos, al carecer en su raíz de la condición que les otorga la verdad, son profundamente destructivos, como lo experimentamos cada día. El materialismo y cierto tipo de eficientismo en el orden económico y social, que no atiende a la integralidad del ser humano ni cubre sus necesidades espirituales; la opción que privilegia el hedonismo y la sensualidad, en contra de la vida y de los objetivos del Creador, tienen en su raíz justamente la negación o el ocultamiento de la verdad, ya sea por conformidad con el ambiente dominado por esa concepción individualista, ya sea por una afirmación exasperada de autonomía frente a la verdad.

“Paz a los hombres”: debemos orar por la paz, para recibir la paz, para ser portadores e instrumentos de la paz, para que llegue la paz. La Eucaristía es la gran súplica por la paz: la paz entre Dios y los hombres en Jesucristo, la paz de la comunión en el Cuerpo y Sangre de Cristo, la paz del perdón y la reconciliación por la misericordia del Cordero. La Jornada Mundial nos da una ocasión extraordinaria para ello, y es de esperar que en todas las parroquias y comunidades se pida con insistencia por esta intención tan fundamental.

 

La familia argentina, la paz y la justicia

Y en nuestra Patria también nos encontramos viviendo esta situación. No tenemos paz, por el enfrentamiento de los grupos con intereses divergentes; nos falta la paz, porque no sabemos dar a cada persona y a cada sector lo que le corresponde en justicia, y se fomenta más bien el arrebatar al otro lo que uno desearía tener. Hemos perdido la libertad que nos da la adhesión a la verdad, para ser comprensivos, moderados, pacientes, graduales en la búsqueda pacífica de los objetivos.

Hay afirmaciones que son un llamado sereno a la reflexión y a la acción comprometida de todos, pero que son interpretadas como una censura o una denuncia. Siempre habrá necesidad de reiterar los conceptos fundamentales, las actitudes que no debemos abandonar, invitándonos a mirar a nuestro alrededor. Siempre estaremos tentados de ceder a las propuestas brillantes y de moda, a las soluciones aparentemente eficaces, así como a disminuir la gravedad y la incidencia de las claudicaciones en aspectos de gran importancia. Por eso, el llamado del Santo Padre, buscar la paz desde la verdad, es tan importante.

 

II

 

Hacia el cincuentenario de la creación de nuestra diócesis

En el camino preparatorio para la celebración del cincuentenario de la creación de la diócesis de Santo Domingo en Nueve de Julio, se propusieron para cada año un tema o motivo central, para pedir a Dios por esas intenciones e incluirlos en la renovación espiritual y pastoral que debe acompañarnos en la recordación de una fecha tan importante.

Los reiteramos aquí:

 

2003 Fe y Bautismo

2004 Eucaristía

2005 Familia

2006 Vocación cristiana y Misión

2007 Iglesia

 

De esta manera, unidos a las propuestas del Santo Padre y a la misión de la Iglesia de llegar con su mensaje a todos los hombres, quisimos especialmente, en nuestra Iglesia particular, reavivar nuestra fe y nuestra práctica cristiana, y alcanzar a quienes se encuentran más cercanos a nosotros, y con quienes compartimos la historia y el espacio geográfico.

El año que termina, 2005, tenía como motivo temático LA FAMILIA. Dios quiso que por ella se trasmitiera la vida y tuvieran los hombres y mujeres, creados por él, el espacio donde encontrar el amor y la felicidad, para animarse recíprocamente para la misión que deben cumplir en el mundo. Por eso, la familia fundada en el sacramento del matrimonio instituido por Jesús, es un signo del amor de Cristo por su Iglesia, es una escuela de vida y para el bien obrar, es un medio indispensable para generar actitudes nobles y constructivas, con la responsabilidad social y el equilibrio de las personas, es la iglesia doméstica, donde se ofrece en la santidad de vida el culto espiritual, donde se reza, donde se educa en la fe y se practica la caridad. Cuando en la familia cristiana se viven estos valores, la gracia de Dios sostiene y hace crecer aquellas condiciones humanas por las que todos aspiran. La paz verdadera se aprende en la familia, allí se practica. Al coincidir con el AÑO DE LA EUCARISTÍA, que el Papa Juan Pablo II proclamara, se muestra el vínculo entre la gracia de Dios, por la presencia del Señor Resucitado en la Eucaristía, sacramento de redención, comunión y presencia, y la familia en el santuario del hogar.

Ahora, para el nuevo año, 2006, el motivo central dentro del quinquenio preparatorio es VOCACIÓN CRISTIANA Y MISIÓN. Recibimos una llamada de Dios – vocación -, para vivir en la fe; por eso tenemos la gracia y la dicha de haber sido incorporados a la Iglesia, de recibir el Bautismo y los demás sacramentos, de ser educados en la doctrina del Evangelio y de experimentar la comunión, renovada en la Eucaristía y expresada en los vínculos de la caridad. La llamada de Dios, la vocación cristiana, nos congrega, pero también nos envía – misión -, para anunciar a Cristo, para dar testimonio con nuestros actos, para colaborar comprometidos con la Iglesia.

El fiel cristiano accede a esta responsabilidad desde su bautismo, pero la misma se hace más evidente y comprometida con el sacramento de la Confirmación. La venida del Espíritu Santo, en Pentecostés, es el acta de nacimiento de la Iglesia querida por Jesucristo. A partir de ese momento, los apóstoles vieron confirmada su oración, confortado el ánimo, intensificado su celo, inspirados para canalizar cuanto habían recibido de Jesús, superando los temores, venciendo los obstáculos de lenguas y culturas, las distancias, las persecuciones y los odios. Con razón, entonces, la Iglesia sitúa a partir de la recepción de este sacramento, el segundo entre los de la Iniciación, la responsabilidad madura, el compromiso efectivo, de cada uno de los fieles.

En este año debemos profundizar en la conciencia de la llamada del cristiano, del sentido de su elección por Dios, de su pertenencia a la Iglesia, a la luz del sacramento del Espíritu Santo. También, por consiguiente, aplicar a las distintas tareas y funciones a las que está llamado el fiel, el sacramento de la Confirmación; procurando que quienes lo reciben, tengan la debida conciencia y preparación, y que a partir de ese momento de gracia, se incorporen activamente a la vida litúrgica y sacramental, al apostolado y la catequesis, a la comunión de bienes y de esfuerzos en la caridad, a la propuesta evangelizadora hacia quienes aún no conocen a Jesús o se han apartado de Él.

Un aspecto particular que estamos invitados a tener en cuenta es la llamada a la vida sacerdotal, ya que la Iglesia tiene continuidad por la tradición apostólica con la imposición de manos, con que los sucesores de los Apóstoles constituyen en el ministerio de la Palabra y de la Eucaristía a sus colaboradores, los sacerdotes y diáconos. Asimismo, debemos recordar la importancia de la vida consagrada, con la respuesta generosa de quienes Dios invita para el servicio de los hermanos y la predicación de la Buena Noticia en la consagración religiosa, tanto de los que expresan el rostro orante y silencioso de Cristo, paciente y sereno, como de los que se arriesgan en todo el mundo, por la caridad, la educación en la fe y toda forma de testimonio.

 

La Paz que pedimos en la Navidad

La paz prometida a los hombres que ama el Señor nosotros la encontraremos en el mensaje de Cristo, esforzándonos por vivirlo con humildad y generosidad, y en Él, que es Camino, Verdad y Vida, la encontraremos. La pedimos para nosotros, para nuestros hermanos argentinos, para todos los hombres y mujeres del mundo, con la certeza que a través de ella hemos de irradiar el conocimiento y la adhesión a la Verdad. A todos los que están afligidos y agobiados, a los desconcertados y tristes, a los indecisos y confundidos, les queremos trasmitir las palabras reconfortantes de Jesús, por el ministerio de la Iglesia, la que anuncia y predica la Paz, esa paz que no defrauda, y a la que hemos de buscar con todo el corazón.

Con mi bendición afectuosa, y los mejores deseos de una santa y feliz Navidad.

 

Mons. Martín de Elizalde OSB,
Obispo de Nueve de Julio
 

 

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