¡Queridísimos hermanos y hermanas en Cristo, hombres y mujeres que sentís
profundamente la causa de la dignidad de la persona humana y, sobre todo,
vosotros jóvenes del mundo entero, que tenéis que escribir una nueva página
de historia para el 2000!
1. La Iglesia, como todos los años, se prepara a celebrar la Jornada
mundial de las Comunicaciones Sociales. Una cita de oración y de reflexión,
a la cual debe sentirse convocada toda la comunidad eclesial, llamada al
anuncio y testimonio del Evangelio (cf. Mc 16, 15), a fin de que los
mass-media, con la colaboración de todos los hombres de buena
voluntad, puedan contribuir verdaderamente a la "actuación de la justicia,
de la paz, de la libertad y del progreso humano" (Communio et progressio,
100).
El tema de la Jornada -"Las comunicaciones sociales para una promoción
cristiana de la juventud"- está en sintonía con la iniciativa de las
Naciones Unidas, que han proclamado 1985 "Año Internacional de la Juventud".
Los medios de comunicación social, "capaces de extender casi hasta el
infinito el campo de escucha de la Palabra de Dios" (Evangelii nuntiandi,
45), pueden en efecto ofrecer a los jóvenes una notable contribución para
realizar, mediante una elección libre y responsable, su vocación personal de
hombres y de cristianos, preparándose de este modo a ser los constructores y
los protagonistas de la sociedad de mañana.
2. La Iglesia, con el Concilio Vaticano II, del que celebramos este año
el XX aniversario de la clausura, y después con el Magisterio sucesivo, ha
reconocido claramente el gran relieve de los mass-media en el
desarrollo de la persona humana: en el plano de la información, de la
formación, de la maduración cultural, además de la diversión y del empleo
del tiempo libre. Pero ésta ha precisado también que se trata de
instrumentos al servicio del hombre y del bien común; medios y no
fines.
El mundo de la comunicación social se encuentra hoy sometido a un
desarrollo tan vertiginoso cuanto complejo e imprevisible -se habla ya de
época tecnotrónica, para indicar la creciente interacción entre
tecnología y electrónica- y afectado por no pocos problemas, conexos
con la elaboración de un nuevo orden mundial de la información y de
la comunicación, en relación con las perspectivas abiertas mediante el
empleo de los satélites y la superación de las barreras del éter.
Se trata de una revolución que, no sólo comporta un cambio en los
sistemas y las técnicas de comunicación, sino que afecta a todo el universo
cultural, social y espiritual de la persona humana. Esta, en consecuencia,
no puede responder simplemente a unas propias reglas internas, sino que debe
obtener los propios criterios de fondo de la verdad del hombre y sobre el
hombre, formado a imagen de Dios.
Según el derecho a la información, que todo hombre posee, la
comunicación debe responder siempre, en su contenido, a la verdad y, en el
respeto de la justicia y de la caridad, debe ser íntegra. Lo cual es válido,
con mayor razón, en el momento de dirigirse a los jóvenes, a aquellos que se
están abriendo a las experiencias de la vida. Sobre todo, en este caso, la
información no puede quedar indiferente respecto a valores que tocan en
profundidad la existencia humana, tales como la primacía de la vida desde el
momento de su concepción, la dimensión moral y espiritual, la paz, la
justicia. La información no puede ser neutra ante problemas y situaciones
que, a nivel nacional e internacional, desbaratan el tejido conjuntivo de la
sociedad, como la guerra, la violación de los derechos humanos, la pobreza,
la violencia, la droga.
3. El destino del hombre se decide, desde siempre, en el frente de la
verdad, de la elección que, en virtud de la libertad que le ha concedido el
Creador, el hombre realiza entre el bien y el mal, entre la luz y las
tinieblas. Pero resulta impresionante y doloroso ver, hoy, un número siempre
mayor de hombres impedidos de realizar libremente esta elección, ya
sea porque están subyugados por regímenes autoritarios, sofocados por
sistemas ideológicos, manipulados por una ciencia y una técnica totalizantes,
o condicionados por los mecanismos de una sociedad fomentadora de
comportamientos cada vez más despersonalizados.
La libertad parece ser el gran desafío que la comunicación social
deberá afrontar, para conquistar espacios de suficiente autonomía, allí
donde ésta se encuentre todavía sometida a las censuras de regímenes
totalitarios o a las imposiciones de poderosos grupos de presión
culturales, económicos, políticos.
Factores de comunión y de progreso, los mass-media deben
superar las barreras ideológicas y políticas, acompañando a la humanidad en
su camino hacia la paz y favoreciendo el proceso de integración y de
solidaridad fraterna entre los pueblos, en la doble dirección Este-Oeste y
Norte-Sur. Vehículos de formación y de cultura, los mass-media
deben contribuir a la renovación de la sociedad y, en particular, al
desarrollo humano y moral de los jóvenes, haciéndoles tomar conciencia de
los compromisos históricos que les esperan en vísperas del tercer milenio. A
tal fin, los mass-media deben abrir a la juventud nuevos horizontes,
educándola en el deber, en la honestidad, en el respeto de los propios
semejantes, en el sentido de la justicia, de 1a amistad, del estudio, del
trabajo.
4. Estas consideraciones ponen en clara evidencia el inmenso potencial de
bien que los medios de comunicación social pueden hacer desencadenar. Pero
al propio tiempo, dejan también intuir las graves amenazas que los mass-media
-si se doblegan a la lógica de poderes o de intereses, si son utilizados con
fines torcidos, contra la verdad, contra la dignidad de la persona humana,
contra su libertad- pueden llevar a la sociedad. Y en primer lugar a los
miembros de la misma más frágiles e indefensos.
El periódico, el libro, el disco, el filme, la radio, sobre todo la
televisión y, ahora, el videorregistrador, hasta llegar a la cada día más
sofisticada computadora, representan hoy en día una fuente importante, si no
la única, a través de la cual el joven entra en contacto con la realidad
externa y vive la propia cotidianidad. Por otra parte, el joven acude cada
vez más frecuentemente a la fuente de los mass-media, ya sea porque
dispone de más tiempo libre, ya porque los ritmos convulsos de la vida
moderna han acentuado la tendencia al ocio como pura evasión. Además, debido
a la ausencia de ambos padres, cuando la madre se encuentra obligada a un
trabajo extra doméstico, se ha debilitado el tradicional control educativo
acerca del uso que se hace de tales medios.
De este modo, los jóvenes son los primeros y más inmediatos receptores de
los mass-media, pero son también los más expuestos a la
multiplicidad de informaciones y de imágenes que, a través de éstos, llegan
directamente a casa. Por otra parte, no se puede ignorar la peligrosidad de
ciertos mensajes, transmitidos incluso en las horas de mayor audiencia de
público juvenil, camuflados en una publicidad cada vez más al descubierto y
agresiva, o propuestos en espectáculos en los que parece que la vida del
hombre está regulada solamente por las leyes del sexo y de la violencia.
Se habla de "videodependencia", un término que ha entrado ya en el uso
común, para indicar una cada vez más vasta influencia que los medios de
comunicación social, con su carga de sugestión y de modernidad, tienen sobre
los jóvenes. Se hace necesario examinar este fenómeno a fondo, verificar sus
reales consecuencias sobre los receptores que todavía no han madurado una
suficiente conciencia crítica. No es, de hecho, solamente cuestión de
condicionamiento del tiempo libre, es decir, de una restricción de los
espacios a reservar cotidianamente a otras actividades intelectuales y
recreativas, sino también de un condicionamiento de la misma sicología, de
la cultura, de los comportamientos de la juventud.
La educación transmitida por los formadores tradicionales, y en
particular por los padres, tiende a ser sustituida por una educación
unidireccional, que ignora la fundamental relación dialoguística,
interpersonal. Una cultura establecida sobre los valores-contenidos, sobre
la cualidad de las informaciones, queda sustituida por una cultura de lo
provisional que conduce a rechazar los compromisos a largo plazo, por
una cultura masificante que induce a rehuir las elecciones personales
inspiradas en la libertad. A una formación orientada al acrecentamiento del
sentido de responsabilidad individual y colectivo, se contrapone una actitud
de aceptación pasiva de las modas y de las necesidades impuestas por
un (1)materialismo que, al incentivar los consumos, vacía las conciencias.
La imaginación, que es propia de la edad juvenil, expresión de su
creatividad, de sus impulsos generosos, se torna árida en la dependencia
de la imagen, es decir, en un hábito que se torna indolencia y apaga
estímulos, deseos, compromisos y proyectos.
5. Se trata de una situación que, aun evitando generalizaciones, debe
inducir a cuantos operan en la comunicación social a una seria y profunda
reflexión. Estos tienen una tarea exaltante y, al propio tiempo,
tremendamente comprometida; además, según el empleo que hagan de sus
recursos de ingenio y de profesionalidad, depende en gran medida la
formación de aquellos que, en el mañana, deberán mejorar esta sociedad
nuestra empobrecida en sus valores humanos y espirituales y amenazada de
autodestrucción.
Los padres y educadores tienen una tarea todavía más comprometida. Su
testimonio, sostenido por una conducta cultural y moralmente coherente,
puede de hecho representar la más eficaz y creíble de las enseñanzas. El
diálogo, el discernimiento crítico, la vigilancia son condiciones
indispensables para educar al joven en un comportamiento responsable
respecto al uso de los mass-media, restableciendo en él el justo
equilibrio, tras el posible impacto negativo con estos medios.
El Año Internacional de la Juventud, también en este campo significa una
interpelación al mundo de los adultos en su totalidad. Es para todos
un deber ayudar a los jóvenes a que entren en la sociedad como ciudadanos
responsables, hombres formados, conscientes de su propia dignidad.
6. Es aquí precisamente donde la XIX Jornada mundial de las
Comunicaciones Sociales asume plena significación. El tema de la próxima
celebración va al corazón de la misión de la Iglesia, que debe llevar la
salvación a todos los hombres, predicando el Evangelio "sobre los tejados" (Mt
10, 27; Lc 12, 3). Hoy se ofrecen grandes posibilidades a la
comunicación social, en la cual la Iglesia reconoce el signo de la obra
creadora y redentora de Dios, que el hombre debe continuar. Estos
instrumentos pueden, por tanto, ser poderosos canales para la
transmisión del Evangelio, ya sea a nivel de preevangelización, ya de
profundización ulterior de la fe, para favorecer la promoción humana y
cristiana de la juventud.
Esto pide evidentemente:
- una profunda acción educativa, en la familia, en la escuela, en la
parroquia, a través de la catequesis, para instruir y guiar a los jóvenes
a un uso equilibrado y disciplinado de los mass-media, ayudándoles
a formarse un juicio crítico, iluminado por la fe, sobre las cosas vistas,
oídas y leídas (Inter mirifica 10, 16; Communio et progressio
67-70, 107);
- una cuidada y específica formación teórica y práctica en los
seminarios, en las asociaciones de apostolado seglar, en los nuevos
movimientos eclesiales, especialmente los juveniles, no sólo para
conseguir un conocimiento adecuado de los medios de comunicación social,
sino también para realizar las indudables potencialidades en orden a
reforzar el diálogo en la caridad y los vínculos de comunión (Communio
et progressio 108, 110, 115-117);
- la presencia activa y coherente de los cristianos en todos los
sectores de la comunicación social, para aportar no sólo la contribución
de su preparación cultural y profesional, sino también un testimonio vivo
de su fe (Communio et progressio 103);
- el compromiso de la comunidad católica a fin de que, cuando se haga
necesario, denuncie espectáculos y programas que atenten al bien moral de
los jóvenes, reivindicando la exigencia de una información más verdadera
sobre la Iglesia y de transmisiones inspiradas más positivamente en los
valores auténticos de la vida (Inter mirifica 14);
- la presentación del mensaje evangélico en su integridad: preocupándose
de no traicionarlo, de no alterarlo, de no reducirlo instrumentalmente a
visiones socio-políticas; y en cambio, según el ejemplo de Cristo
perfecto comunicador, adecuándose a los receptores, a la mentalidad de
los jóvenes, a su modo de hablar, a su estado y condición (Catechesi
tradendae 35, 39, 40).
7. En la conclusión de este Mensaje, deseo dirigirme especialmente a los
jóvenes que han encontrado ya a Cristo, a los que han acudido a Roma, al
inicio de la Semana Santa, en comunión espiritual con millones de sus
coetáneos, para proclamar, junto al Papa, que "Cristo es nuestra paz"; pero
también a todos los jóvenes que, si bien de manera confusa, entre
incertidumbres, angustias y pasos en falso, aspiran a encontrar este "Jesús
llamado Cristo" (Mt 1, 16) para dar un sentido, una finalidad a su
vida.
¡Queridísimos jóvenes! Hasta ahora me he dirigido al mundo de los
adultos. Pero en realidad sois vosotros los primeros destinatarios de este
Mensaje. La importancia y el significado último de los medios de
comunicación social dependen, en definitiva, del uso que de ellos hace la
libertad humana. Dependerá por tanto de vosotros, del uso que hagáis de
ellos, de la capacidad crítica con la que sepáis utilizarlos, el que estos
medios sirvan a vuestra formación humana y cristiana o si, en cambio, éstos
se tornarán contra vosotros, sofocando vuestra libertad y apagando vuestra
sed de autenticidad.
Dependerá de vosotros, jóvenes, a quienes corresponde la construcción de
la sociedad del mañana, en la cual la intensificación de informaciones y
comunicaciones multiplicará las formas de vida asociativa, y el desarrollo
tecnológico abatirá las barreras entre los hombres y las naciones; dependerá
de vosotros el que la nueva sociedad sea una sola familia humana, en la que
hombres y pueblos puedan vivir en una más estrecha colaboración e
integración mutuas o si, en cambio, en la sociedad futura se agudizarán
aquellos conflictos y aquellas divisiones que laceran el mundo
contemporáneo.
Con las palabras del Apóstol Pedro, repito aquí el deseo que he expresado
en mi Carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo: que estén "siempre
dispuestos a dar razón a quien lo pida de la esperanza que está en vosotros"
(1 Pe 3, 15). "Sí, precisamente vosotros, porque de vosotros depende
el futuro, de vosotros depende el final de este milenio y el comienzo del
nuevo. No permanezcáis pues pasivos; asumid vuestras responsabilidades
en todos los campos abiertos a vosotros en nuestro mundo" (n. 16).
Queridísimos jóvenes: Mi invitación a la responsabilidad, al compromiso
es, antes que nada, una invitación a la búsqueda de "la verdad que os hará
libres" (Jn 8, 32), y la verdad es Cristo (cf. Jn 14, 6). Se
trata por tanto de una invitación a poner la verdad de Cristo en el centro
de vuestra vida; a testimoniar esta verdad en vuestra historia cotidiana, en
las elecciones decisivas que tendréis que cumplir para ayudar a que la
humanidad se encamine por los senderos de la paz y de la justicia.
Con estos sentimientos imparto a todos, propiciadora de luces
celestiales, mi bendición apostólica.
Vaticano, 15 de abril de 1985, VII año de mi
pontificado.