1. Queridos hermanos y hermanas:
El reciente Sínodo Extraordinario de los Obispos celebrado con ocasión
del XX aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II, no ha
pretendido solamente conmemorar con solemnidad dicho acontecimiento,
destinado a marcar muy profundamente la vida de la Iglesia en este siglo,
sino que ha hecho sobre todo revivir su espíritu y ha recordado sus
enseñanzas y decisiones. De este modo, el Sínodo ha sido un nuevo
lanzamiento y actualización del Concilio Vaticano II en la vida de la
Iglesia.
Entre las iniciativas suscitadas por las directrices conciliares merece
sin duda un relieve especial la institución de la "Jornada mundial de las
Comunicaciones Sociales", con la finalidad de "reforzar más eficazmente el
multiforme apostolado de la Iglesia en el ámbito de los instrumentos de la
comunicación social, en todas las diócesis del mundo" (Inter mirifica,
18). Esta decisión -que pone de manifiesto el gran peso que los padres
conciliares atribuían a las comunicaciones sociales-, muestra hoy una
importancia todavía mayor, debido a la influencia siempre creciente que
estos medios ejercen.
La Iglesia en estos veinte años, fiel al deseo del Vaticano II, no ha
dejado nunca de celebrar la "Jornada de las Comunicaciones Sociales"
asignándole un tema concreto cada vez. Este año la "Jornada" dedicará su
atención a considerar y profundizar la contribución que las comunicaciones
sociales pueden dar a la formación cristiana de la opinión pública.
No es la primera vez que la Iglesia se interesa en este tema. "El diálogo
de la Iglesia -recordaba en 1971 la Instrucción Pastoral Communio et
progressio- no compete totalmente a sus fieles, sino que se extiende a
todo el mundo. La Iglesia ha de proclamar su doctrina y su moral, en virtud
del derecho a la información concedido a todos los humanos del que ella
participa y en virtud de un claro mandato divino (cf. Mt 28, 19)" (n.
122). Pablo VI a su vez añadía, en la Exhortación Apostólica Evangelii
nuntiandi: "En nuestro siglo, influenciado por losmass-media o
medios de comunicación social, el primer anuncio, la catequesis o el
ulterior ahondamiento de la fe no pueden prescindir de estos medios, como
hemos dicho antes. Puestos al servicio del Evangelio, ellos ofrecen la
posibilidad de extender casi sin límites el campo de audición de la Palabra
de Dios, haciendo llegar la Buena Nueva a millones de personas. La Iglesia
se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios, que la
inteligencia humana perfecciona cada vez más. Con ellos la Iglesia pregona
sobre los terrados el mensaje del que es depositaria. En ellos encuentra una
versión moderna y eficaz del 'púlpito'. Gracias a ellos puede hablar a las
masas" (n. 45).
2. La "opinión pública" consiste en el modo común y colectivo de pensar y
de sentir de un grupo social más o menos vasto en determinadas
circunstancias de tiempo y de lugar. Indica lo que la gente piensa
comúnmente sobre un tema, un acontecimiento, un problema de un cierto
relieve. La opinión pública se forma por el hecho de que un gran número de
personas hace propio, considerándolo verdadero y justo, lo que algunas
personas y algunos grupos, que gozan de especial autoridad cultural,
científica o moral, piensan y dicen. Lo cual muestra la grave
responsabilidad de aquellos que por su cultura y su prestigio forman la
opinión pública o influyen en alguna medida sobre su formación.
Efectivamente, las personas tienen derecho a pensar y a sentir en
conformidad con lo que es verdadero y justo, porque del modo de pensar y de
sentir depende la actuación moral. Esta será recta si el modo de pensar es
conforme a la verdad.
Hay que poner de relieve, al respecto, que la opinión pública tiene una
gran influencia en la manera de pensar, de sentir y de actuar de aquellos
que -o por su joven edad o por falta de cultura- no son capaces de formular
un juicio crítico. De este modo son muchos los que piensan y actúan según la
opinión común sin que estén en condiciones de sustraerse a su presión. Hay
que poner también de relieve que la opinión pública influye fuertemente en
la formación de las leyes. En realidad no cabe duda de que la introducción
de leyes injustas en ciertos países, como por ejemplo las que legalizan el
aborto, hay que atribuirla a la presión ejercida por una opinión pública
favorable al mismo.
3. De ahí se desprende la importancia de formar una opinión pública
moralmente sana sobre los problemas que afectan de cerca el bien de la
humanidad en nuestro tiempo. Entre estos bienes situamos los valores de la
vida, de la familia, de la paz, de la justicia y de la solidaridad entre los
pueblos.
Es necesario que se forme una opinión pública sensible al valor absoluto
de la vida humana, de manera que se reconozca como tal en todos los
estadios, desde la concepción hasta la muerte, y en todas sus formas,
incluso aquellas marcadas por la enfermedad y minusvalidez física y
espiritual. Se va, de hecho, difundiendo una mentalidad materialista y
hedonística, según la cual la vida es digna de ser vivida solamente cuando
es sana, joven y bella.
Es necesario que acerca de la familia se forme una opinión pública recta
que ayude a superar algunos modos de pensar y de sentir que no están
conformes con el plan de Dios, que la ha establecido indisoluble y fecunda.
Lamentablemente se está difundiendo una opinión pública favorable a las
uniones libres, al divorcio y a la drástica reducción de la natalidad con
cualquier medio. Hay que rectificarla por perjudicial al verdadero bien de
la humanidad, la cual será tanto más feliz cuanto más unida y sana esté la
familia.
Después, hay que crear una opinión pública cada vez más fuerte en favor
de la paz y de aquello que la construye y mantiene, como el aprecio
recíproco y la concordia mutua entre los pueblos; el rechazo de toda forma
de discriminación racial y de nacionalismo exasperado; el reconocimiento de
los derechos y de las justas aspiraciones de los pueblos; el desarme, en
primer lugar de los ánimos y después de los instrumentos de destrucción; el
esfuerzo de resolver pacíficamente los conflictos. Está claro que solamente:
una fuerte opinión pública favorable a la paz puede detener a aquellos que
estuviesen tentados de ver en la guerra la vía para resolver las tensiones y
conflictos. "Los rectores de los pueblos -afirma la Constitución pastoral
Gaudium et spes- dependen en su mayor parte de las opiniones y de los
sentimientos de las multitudes. En realidad es inútil que éstos se esfuercen
con tenacidad en construir la paz mientras sentimientos de hostilidad, de
desprecio y de desconfianza, odios raciales y obstinadas ideologías dividen
a los hombres, colocándoles los unos contra los otros. De ahí la extrema y
urgente necesidad de una renovada educación de los ánimos y de una nueva
orientación de la opinión pública" (n. 82).
En fin, es necesaria la formación de una fuerte opinión pública en favor
de la solución de los angustiosos problemas de la justicia social, del
hambre y del subdesarrollo. Es menester que estos problemas sean hoy mejor
conocidos en su tremenda realidad y gravedad, que se cree una fuerte y
amplia opinión pública en su favor, porque sólo bajo la vigorosa presión de
ésta los responsables políticos y económicos de los países ricos serán
inducidos a ayudar a los países en vías de desarrollo.
4. Particularmente urgente resulta la formación de una sana opinión
pública en el campo moral y religioso. A fin de poner un dique a la difusión
de una mentalidad favorable al permisivismo moral y a la indiferencia
religiosa, se hace necesario formar una opinión pública que respete y
aprecie los valores morales y religiosos, en cuanto éstos hacen al hombre
plenamente "humano" y dan plenitud de sentido a la vida. El peligro del
(1)nihilismo, es decir, de la pérdida de los valores más propiamente
humanos, morales y religiosos, incumbe como grave amenaza a la humanidad de
hoy.
Además, ha de formarse una correcta opinión pública sobre la naturaleza,
misión y obra de la Iglesia, vista hoy en día por muchos como una estructura
simplemente humana, y no como en realidad es: una realidad misteriosa que
encarna en la historia el amor de Dios y lleva a los hombres la palabra y la
gracia de Cristo.
5. En el mundo actual los medios de comunicación social en su múltiple
variedad -prensa, cine, radio, televisión- son los principales factores de
la opinión pública. Por eso es grande la responsabilidad moral de todos
aquellos que se sirven de estos medios o son sus inspiradores. Estos han de
ponerse al servicio del hombre y, por tanto, de la verdad y del bien, que
son los valores humanos más importantes y necesarios. Por esto, los que
trabajan profesionalmente en el campo de la comunicación social han de
sentirse comprometidos en la formación y difusión de opiniones públicas
conformes a la verdad y el bien.
En un esfuerzo tal han de distinguirse los cristianos, bien conscientes
de que, al contribuir a la formación de opiniones públicas favorables a la
justicia, a la paz, a la fraternidad, a los valores religiosos y morales,
contribuyen no poco a la difusión del reino de Dios, que es reino de
justicia, de verdad y de paz. Estos han de poder sacar del mensaje cristiano
inspiraciones para ayudar a sus hermanos a que se formen opiniones correctas
y justas, ya que dicho mensaje se dirige al bien y a la salvación del
hombre. Opiniones conformes al plan de amor y de salvación del hombre que
Dios ha revelado y actuado en Jesucristo. De hecho, la fe cristiana y la
enseñanza de la Iglesia, precisamente porque está cimentada en Cristo,
camino, verdad y vida, son luz y fuerza para los hombres en su camino
histórico.
Concluyo este Mensaje con una especial bendición para todos aquellos que
trabajan en el campo de la comunicación social con espíritu cristiano de
servicio a la verdad y de promoción de los valores morales y religiosos. Y
les aseguro mi oración, al tiempo que les animo a este trabajo, que requiere
valentía y coherencia y que es un servicio a la verdad y a la libertad. Es,
en realidad, la verdad la que hace libres a los hombres (cf. Jn 8,
32). Por tanto, trabajar para la formación de una opinión pública conforme a
la verdad es trabajar para el crecimiento de la libertad.
Vaticano, 24 de enero de 1986, fiesta de San Francisco
de Sales.