Hermanos y hermanas, queridos amigos profesionales de la información
y de la comunicación:
1. Si un día pudiéramos decir de verdad que "comunicar" se convierte en
"fraternizar", que "comunicación" significa "solidaridad" humana, ¿no
sería el logro más hermoso de las "comunicaciones de masa"? Este es el
tema que quisiera proponeros como reflexión en esta XXII Jornada mundial
de las Comunicaciones Sociales.
Al hablar de fraternidad, pienso en el sentido profundo de este
término. Pues es Cristo, "el primogénito de muchos hermanos" (Rom
8, 29), quien nos hace descubrir en toda persona humana, amiga o incluso
enemiga, a un hermano o a una hermana. Cristo, al venir "al mundo, no para
condenarlo, sino para salvarlo" (cf. Jn 3, 17), llama a todos los
hombres a la unidad. El Espíritu de amor que da al mundo es también un
Espíritu de unidad: San Pablo nos muestra al mismo Espíritu que dispensa
dones diversos, que obra en los distintos miembros del mismo cuerpo: Hay
"diversidad de dones (...) pero un mismo Dios, que obra todo en todos" (1
Cor 12, 4-6).
2. Si ya de entrada evoco el fundamento espiritual de la fraternidad y
de la solidaridad, es porque este sentido cristiano no es extraño a la
primera realidad humana que encierran estos términos. La Iglesia no
considera la fraternidad ni la solidaridad como valores reservados a ella.
Al contrario, siempre nos acordamos del modo en que Jesús alabó más al
buen Samaritano, que reconoció en el hombre herido a un hermano, que al
sacerdote y al levita (cf. Lc 10, 29-37). También el Apóstol Pablo
invita a no despreciar los dones de los otros, sino a alegrarse de la obra
del Espíritu en cada uno de nuestros hermanos (cf. 1 Cor 12,
14-30).
La fraternidad y la solidaridad son fundamentales y urgentes, y hoy
deberían ser el distintivo de los pueblos y las culturas. ¿No es el
descubrimiento gozoso de sus beneficiosos efectos la "fiesta" más hermosa
que pueden ofrecer las comunicaciones sociales, su "espectáculo" más
logrado, en el mejor sentido de estos términos?
Si bien hoy en día las comunicaciones de masa atraviesan un momento de
desarrollo vertiginoso, son los lazos que traban entre pueblos y culturas
lo que aportan de más valioso. Pero sé que vosotros mismos, los
profesionales de la comunicación, sois conscientes de sus efectos
perjudiciales, que amenazan con desnaturalizar estas relaciones entre los
pueblos y las culturas. La exaltación del yo, el desprecio o el rechazo de
los que no son como yo, pueden agravar las tensiones o las divisiones.
Esas actitudes engendran violencia, desvían y destruyen la verdadera
comunicación y hacen imposible toda relación fraterna.
3. Para que pueda haber una fraternidad y una solidaridad humanas, y,
con más motivo, para que se profundice su dimensión cristiana hay que
reconocer los valores elementales que las sustentan. Permitidme que haga
referencia aquí a algunos de ellos: El respeto al otro, el sentido de
diálogo, la justicia, la ética sana de la vida personal y comunitaria, la
libertad, la igualdad, la paz en la unidad, la promoción de la dignidad de
la persona humana, la capacidad de participación y de compartir. La
fraternidad y la solidaridad superan todo espíritu de clan, de capillita,
todo nacionalismo, todo racismo, todo abuso de poder, todo fanatismo
individual, cultural o religioso.
Corresponde a los agentes de la comunicación social utilizar las
técnicas y los medios a su disposición, manteniendo siempre una conciencia
clara de estos valores primarios. Yo sugeriría en este sentido sólo unas
indicaciones:
- las agencias de información y la prensa en su conjunto manifiestan
su respeto por el otro cuando dan una información completa y
equilibrada;
- la radiodifusión de la palabra logra tanto mejor su finalidad si
ofrece a todos la posibilidad de intercambios recíprocos;
- los medios de comunicación que son expresión de grupos particulares
contribuyen a reforzar la justicia, cuando hacen oír la voz de los que
están privados de ella;
- los programas de televisión tocan casi todos los aspectos de la
vida, y sus antenas sirven para numerosas interconexiones: en la medida
en que se les reconoce su influencia, tanto más se impone a sus
responsables la exigencia ética de ofrecer a las personas y a las
comunidades imágenes que favorezcan la compenetración de las culturas,
sin intolerancia y sin violencia, al servicio de la unidad;
- las posibilidades de comunicaciones personales a través del
teléfono, su ampliación al teletexto, su difusión cada vez más extendida
por medio de los satélites: todo esto sugiere una preocupación por la
igualdad entre las personas, facilitando al mayor número posible de
ellas el acceso a estos medios, con el fin de hacer posible verdaderos
intercambios;
- el empleo de la informática concierne cada vez más a las actividades
económicas o culturales, los bancos de datos integran una cantidad de
informaciones diversas hasta ahora impensable: sabemos que su
utilización puede acarrear toda clase de presiones o de violencias a la
vida privada o colectiva; por eso, una sabia gestión de estos medios se
convierte en una verdadera condición para la paz;
- idear "espectáculos" para difundirlos a través de los distintos
medios audiovisuales: esto requiere el respeto de las conciencias de sus
numerosos "espectadores";
- la publicidad despierta o polariza deseos y también crea
necesidades: los que la comisionan o la realizan deben tener en cuenta a
las personas menos favorecidas que no pueden acceder a los bienes
propuestos.
Es necesario que los profesionales de la comunicación, cualquiera que
sea su modo de intervención, observen un código de honor, se preocupen de
compartir la verdad del hombre, y contribuyan a un nuevo orden mundial de
la información y de la comunicación.
4. En el entramado cada vez más denso y más activo de las
comunicaciones sociales por todo el mundo, la Iglesia desea con sencillez,
como "experta en humanidad", recordar incesantemente los valores que
constituyen la grandeza del hombre. Pero ella tiene también la convicción
de que dichos valores no se pueden asimilar y realizar en la práctica si
se olvida la vida espiritual del hombre. Para los cristianos, la
Revelación de Dios en Cristo es una luz para el hombre mismo. La fe en el
mensaje de salvación constituye la motivación más intensa para servir al
hombre. Los dones del Espíritu Santo inducen a servir al hombre con una
solidaridad fraterna.
Quizá nos preguntemos ¿No seremos demasiado confiados al actuar en esas
perspectivas? ¿Acaso las tendencias que se delinean en el campo de la
comunicación social nos autorizan a dar pábulo a esas esperanzas?
A los corazones turbados por los riesgos de las nuevas tecnologías de
la comunicación yo les diría: "¡No tengáis miedo!". Lejos de ignorar la
realidad en la que vivimos, leámosla con más profundidad. Discernamos, a
la luz de la fe, los verdaderos signos de los tiempos. La Iglesia,
preocupada por el hombre conoce la profunda aspiración del género humano a
la fraternidad y a la solidaridad; aspiración muchas veces negada,
desfigurada, pero indestructible porque ha sido conformada, dentro del
corazón del hombre, por el mismo Dios, que creó en él la exigencia de la
comunicación y las capacidades para desarrollarla a escala planetaria.
5. A las puertas del tercer milenio, la Iglesia recuerda al hombre que
la fraternidad y la solidaridad no pueden ser sólo condiciones de
supervivencia, sino rasgos de su vocación que el ejercicio de la
comunicación social le permite realizar libremente.
Dejadme deciros a todos, especialmente en este Año Mariano: "¡No
tengáis miedo!". ¿Acaso no se asustó también María de un anuncio que, sin
embargo, era el signo de salvación ofrecido a toda la humanidad? "Dichosa
tú que has creído", dice Isabel (Lc 1, 45). Gracias a su fe, la
Virgen María acoge el designio de Dios, entra en el misterio de la
comunión trinitaria y, convirtiéndose en Madre de Cristo, inaugura en la
historia una nueva fraternidad.
Dichosos los que creen, a los que la fe libra del miedo, ¡que ésta abra
a la esperanza, lleve a construir un mundo en el cual, por la fraternidad
y la solidaridad, haya todavía espacio para una comunicación de la
alegría!
Alentado con esta alegría profunda por los dones de comunicación
recibidos de cara a la edificación de todos, en esta fraternidad
solidaria, invoco para cada uno de vosotros la bendición del Altísimo.
Vaticano, 24 de enero de 1988, fiesta de San Francisco
de Sales.