MENSAJE DE JUAN PABLO II PARA LA
XIX JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
"El cine,
transmisor de cultura y de valores"
28 de mayo de
1995
Queridos hermanos y hermanas:
Este año, con ocasión de la Jornada mundial de las comunicaciones
sociales, deseo invitaros a reflexionar sobre el cine, entendido como
transmisor de cultura y de valores. Como seguramente sabréis, de hecho
este año comienzan en todo el mundo las celebraciones para recordar el
primer centenario de este difundido medio de expresión de fácil acceso
para todos.
La Iglesia con frecuencia ha insistido en la importancia de los medios de
comunicación en la transmisión y en la promoción de los valores humanos y
religiosos (cf. Pío XII, Miranda prorsus, 1957) y las consiguientes
responsabilidades concretas de los que trabajan en este difícil sector. De
hecho, considerados los progresos y el desarrollo que ha conocido en estos
últimos decenios el mundo de las comunicaciones sociales, es bien
consciente sea del peligroso poder de condicionamiento que contienen los
medios de comunicación, sea de las posibilidades que éstos ofrecen, si se
usan sabiamente, como valiosa ayuda para la evangelización. Como escribí
en el mensaje publicado con ocasión de la Jornada mundial de las
comunicaciones sociales de 1989 «la cuestión que hoy se plantea para la
Iglesia ya no es la de saber si el hombre de la calle todavía puede
percibir un mensaje religioso, sino la de encontrar los mejores lenguajes
de comunicación que le permitan dar todo su impacto al mensaje evangélico»
(cf. L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de marzo de 1989,
p. 12).
Entre los medios de comunicación social, el cine es sin duda un
instrumento muy difundido y apreciado y de él parten con frecuencia
mensajes capaces de influenciar y condicionar las elecciones del público,
sobre todo del más joven, en cuanto forma de comunicación que se basa no
tanto en las palabras, cuanto en hechos concretos, expresados con imágenes
de gran impacto sobre los espectadores y su subconsciente.
El cine, desde su nacimiento, aun provocando algunas veces, por algunos
aspectos de su multiforme producción, motivos de crítica y de censura por
parte de la Iglesia, con frecuencia ha tratado también temas de gran
significado y valor desde el punto de vista ético y espiritual. Me
complace recordar aquí, por ejemplo, las numerosas versiones
cinematográficas de la vida y pasión de Jesús y de la vida de los santos,
que todavía se conservan en muchas filmotecas y que sirvieron, sobre todo,
para animar numerosas actividades culturales, recreativas y catequéticas,
por iniciativa de muchas diócesis, parroquias e instituciones religiosas.
De estas premisas se ha ido desarrollando un amplio filón de cine
religioso, con una enorme producción de películas que tuvieron gran
influjo sobre las masas, a pesar de los limites que el tiempo,
inevitablemente, tiende a evidenciar.
Algunos valores humanos y religiosos que merecen atención y alabanza están
con frecuencia presentes no sólo en las películas que hacen referencia
directa a la tradición del cristianismo sino también en las películas de
culturas y religiones diferentes, confirmando de esta manera la
importancia del cine, entendido incluso como vehículo de intercambios
culturales e invitación a la apertura y a la reflexión con respecto a
realidades ajenas a nuestra formación y mentalidad. En este sentido, el
cine permite superar las distancias y adquiere la dignidad propia de la
cultura, el «modo específico de existir y ser del hombre que dentro de
cada comunidad crea un conjunto de vínculos entre las personas, que
determinan el carácter interhumano y social de la existencia humana» (Juan
Pablo II, Mensaje para la Jornada mundial de las comunicaciones sociales
de 1984, n. 2; cf. L´Osservatore Romano, edición en lengua española 3 de
junio de 1984, p. 1).
A todos los que trabajan en el sector cinematográfico dirijo una calurosa
invitación a no renunciar a este importante elemento cultural, ya que
preocuparse de producciones sin contenido y dedicadas exclusivamente al
entretenimiento, con el único objetivo de hacer que aumente el número de
espectadores, no va de acuerdo con las más auténticas y profundas
exigencias y expectativas de la persona humana.
Como sucede con todos los medios de comunicación social, el cine, además
de tener el poder y el gran mérito de contribuir al crecimiento cultural y
humano de la persona, puede coartar la libertad sobre todo de los más
débiles, cuando desfigura la verdad (cf. Pío XII, Miranda prorsus, 1957),
y se presenta como espejo de comportamientos negativos, con el uso de
escenas de violencia y sexo que ofenden la dignidad de la persona y
pretenden «suscitar emociones violentas para estimular la atención» del
espectador (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada mundial de las
comunicaciones sociales de 1981, n. 4, cf. L´Osservatore Romano, edición
en lengua española, 31 de mayo de 1981, p. 10). No se puede definir libre
expresión artística la actitud de quien, irresponsablemente, suscita
degradantes emulaciones cuyos efectos dañosos leemos cada día en las
páginas de la crónica. Como nos recuerda el evangelio, sólo con la verdad
el hombre se vuelve libre (cf. Jn 8, 32).
La urgencia de ese problema en nuestra sociedad, que parece hallar con
demasiada frecuencia modelos negativos en los estímulos cotidianos que el
cine ofrece, así como en la televisión y la prensa, me impulsa a dirigir
una vez más, un apremiante llamamiento, ya sea a los responsables del
sector para que se esfuercen por actuar con profesionalidad y
responsabilidad, ya a los receptores para que afronten con espíritu
crítico las propuestas, cada vez más apremiantes, del mundo de los medios,
incluido el cine, y traten de discernir lo que puede ser motivo de
crecimiento y lo que puede constituir ocasión de daño.
Cuando el cine, obedeciendo a uno de sus principales objetivos, ofrece una
imagen del hombre tal como es, debe proponer, partiendo de la realidad
válidas ocasiones de reflexión sobre las condiciones concretas en las que
vive. Ofrecer puntos de reflexión sobre temas como el compromiso en lo
social, la denuncia de la violencia, de la marginación, de la guerra y de
las injusticias, con frecuencia afrontados por el cine durante los cien
años de su historia, y que no pueden dejar indiferentes a cuantos están
preocupados por la suerte de la humanidad, significa promover los valores
que la Iglesia siente como suyos y contribuir materialmente a su difusión
a través de un medio que tan fácilmente influye sobre el público (cf. Pío
XII, Il film ideale, 1955).
Sobre todo hoy, en los umbrales del tercer milenio, es indispensable
afrontar determinados interrogantes, no eludir los problemas, sino buscar
soluciones y respuestas. En este marco no conviene olvidarse de dar al
cine el puesto y el valor que le corresponde, exhortando a los
responsables, en todos los niveles, a que tomen plena conciencia del gran
influjo que pueden ejercer sobre la gente y la misión que deben desempeñar
en nuestro tiempo que, cada vez más, siente la urgencia de mensajes
universales de paz y tolerancia, así como la llamada a los valores que
encuentran fundamento en la dignidad conferida al hombre por Dios creador.
Los que trabajan en el delicado sector del cine, en cuanto comunicadores,
deben mostrarse abiertos al diálogo y a la realidad que les rodea,
esforzándose por subrayar los acontecimientos más importantes con la
realización de obras que estimulen a la reflexión, siendo conscientes de
que tal apertura, al favorecer el acercamiento de las distintas culturas y
de los hombres entre sí, puede producir frutos positivos para todos.
Para asegurar la plena y completa comprensión de los mensajes que el cine
puede proponer para el crecimiento humano y espiritual de los usuarios, es
también importante cuidar la formación de los espectadores en el lenguaje
cinematográfico que, con frecuencia, renuncia a la representación directa
de la realidad para recurrir a simbologías que no siempre son fáciles de
comprender; sería oportuno que en las escuelas los profesores dedicasen
atención al problema sensibilizando a los estudiantes ante las imágenes y
desarrollando con el tiempo su actitud crítica con respecto a un lenguaje
que ya forma parte de nuestra cultura también porque «la aplicación de la
tecnología de las comunicaciones no se ha hecho bien del todo y todos
sabemos que su utilización adecuada necesita valores sanos y elecciones
prudentes por parte de las personas, del sector privado, de los gobiernos
y del conjunto de la sociedad» (Aetatis novae, 12; cf. L´Osservatore
Romano, edición en lengua española, 20 de marzo de 1992, p. 12).
Mientras no se ha apagado todavía el eco de los mensajes y de las
reflexiones que han acompañado las celebraciones del Año de la familia,
recién concluido, creo que es importante recordar a las familias que
también ellas tienen el deber de formar a los hijos en una exacta lectura
y comprensión de las imágenes cinematográficas que entran cada día en sus
casas, gracias a los televisores y a los videorregistradores, que incluso
los muchachos más jóvenes son capaces ya de hacer funcionar.
En el marco de la necesaria formación de los receptores, no hay que
olvidar el aspecto social del cine, que puede ofrecer ocasiones oportunas
de diálogo entre los que disfrutan de ese medio, a través del intercambio
de opiniones sobre el tema tratado. Sería, por tanto muy útil facilitar,
sobre todo para los más jóvenes, la creación de «cineforum» que, animados
por válidos y expertos educadores, conduzcan a los jóvenes a que se
expresen y aprendan a escuchar a los otros, en debates constructivos y
serenos.
Antes de concluir este mensaje, no puedo dejar de llamar la atención sobre
el particular compromiso que esa temática exige de todos los que se
declaran cristianos y que conocen su misión en el mundo: proclamar el
Evangelio, la buena noticia de Jesús, redentor del hombre, a todos los
hombres de su tiempo.
El cine, con sus múltiples potencialidades, puede convertirse en valioso
instrumento para la evangelización. La Iglesia exhorta a los directores, a
los cineastas y a los que, en todos los niveles profesándose cristianos,
trabajan en el complejo y heterogéneo mundo del cine, a actuar de forma
plenamente coherente con su fe, tomando valerosamente iniciativas incluso
en el campo de la producción para hacer cada vez más presente en ese
mundo, a través de su labor profesional, el mensaje cristiano que es para
todo hombre mensaje de salvación.
La Iglesia siente el deber de ofrecer, sobre todo a los más jóvenes, la
ayuda espiritual y moral sin la cual es casi imposible obrar en el sentido
deseado, y debe intervenir concretamente, en ese asunto, con oportunas
iniciativas de apoyo y de estímulo.
Con la esperanza de que estas palabras mías puedan ser para todos motivo
de reflexión y ocasión de renovado empeño envío de corazón una especial
bendición apostólica a cuantos trabajan en el sector, en los diversos
oficios, y a todos los que tratan de usar el cine como auténtico vehículo
de cultura para el crecimiento integral de todo hombre y de la sociedad
entera.
Vaticano, 6 de enero de 1995,
Epifanía del Señor
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