XXVIII JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES
SOCIALES
"TELEVISIÓN Y FAMILIA:
CRITERIOS PARA SABER MIRAR"
Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II
Domingo 17 de Abril de 1994
Queridos Hermanos
y Hermanas:
En los últimos
decenios la televisión ha revolucionado las comunicaciones, influenciando
profundamente la vida familiar. Hoy, la televisión es una fuente primaria
de noticias, informaciones y entretenimiento para innumerables familias y
forma parte de sus actitudes y opiniones, de sus valores y modelos de
comportamiento.
I.- INFLUENCIAS DE LA
TELEVISIÓN EN LA FAMILIA
La televisión
puede enriquecer la vida familiar. Puede unir más estrechamente a los
miembros de la familia y promover la solidaridad hacia otras familias y
hacia la comunidad en general. Puede acrecentar no solamente su
conocimiento general, sino también el religioso, facilitando la escucha de
la Palabra de Dios, el reforzamiento de la propia identidad religiosa y el
alimento de su vida moral y espiritual.
La televisión
puede también perjudicar la vida familiar: al difundir valores y modelos
de comportamiento falseados y degradantes, al mandar en onda en onda
pornografía e imágenes de brutal violencia; al inculcar el relativismo
moral y el escepticismo religioso; al dar a conocer relaciones deformadas,
informes manipulados de acontecimientos nuevos y cuestiones actuales; al
transmitir publicidad que explota y reclama los bajos instintos y exalta
una visión falseada de la vida que obstaculiza la realización del mutuo
respeto, de la justicia y de la paz.
Incluso cuando
los programas televisivos no son moralmente criticables, la televisión
puede tener efectos negativos en la familia. Puede contribuir al
aislamiento de los miembros de la familia en sus propios mundos,
impidiendo las auténticas relaciones interpersonales; puede también
dividir a la familia, alejando los padres de los hijos y los hijos de los
padres.
Dado que la
renovación moral y espiritual de toda la familia humana ha de encontrar su
raíz en la auténtica renovación de cada una de las familias, el tema de la
Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 1994 "Televisión y
familia: criterios para saber mirar" resulta especialmente adecuado,
sobre todo durante este Año Internacional de la Familia, en el que la
comunidad mundial está buscando la manera de reforzar la vida familiar.
En este mensaje,
deseo subrayar especialmente las responsabilidades de los padres, de los
hombres y de las mujeres de la industria televisiva, de las autoridades
públicas y de aquellos que cumplen sus deberes pastorales y educativos en
el interior de la Iglesia. En sus manos está el poder hacer de la
televisión un medio cada vez más eficaz para ayudar a las familias a
llevar adelante su propio papel que es el de constituir una fuerza de
renovación moral y social.
II.- LOS PADRES
Dios ha investido
a los padres con la grave responsabilidad de ayudar a los hijos a "buscar
la verdad y a vivir en conformidad con la misma, a buscar el bien y a
promoverlo" (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1991, n.3 ). Estos
tienen pues el deber de conducir a sus hijos a que aprecien "todo cuanto
hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable" (Flp.
4,8).
Por tanto, además
de ser espectadores en grado de discernir por sí mismo, los padres
debieran contribuir activamente a formar en los propios hijos hábitos en
el mirar la televisión que lleven a un sano desarrollo humano, moral y
religioso. Los padres debieran anticipadamente informar a los propios
hijos acerca del contenido de los programas y hacer una selección
concienzuda sobre aquella base para el bien de la familia – mirar o no
mirar -. Con esta finalidad pueden resultar útiles las recensiones y
juicios facilitados por agencias religiosas y por otros grupos
responsables y también adecuados programas educativos propuestos por los
medios de comunicación social. Los padres debieran también discutir de la
televisión con los propios hijos, poniéndolos en condiciones de regular la
cantidad y la cualidad de los programas y de darse cuenta y juzgar los
valores éticos que están en la base de determinados programas, porque la
familia es "el vehículo privilegiado para la transmisión de aquellos
valores religiosos y culturales que ayudan a la persona a adquirir la
propia identidad" (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1994, n. 2).
Formar los
hábitos de los hijos, a veces, puede simplemente querer decir cerrar el
televisor porque hay algo mejor que hacer, porque la consideración hacia
otros miembros de la familia lo pide o porque la visión indiscriminada de
la televisión puede ser perjudicial. Los padres que hacen uso regular,
prolongado, de la televisión, como una especie de niñera electrónica
abdican de su papel de educadores primarios de los propios hijos. Tal
dependencia de la televisión puede privar a los miembros de la familia de
las posibilidades de interacción mutua a través de la conversación, las
actividades y la oración comunes. Los padres con sabiduría son también
conscientes del hecho de que los buenos programas han de integrarse con
otras fuentes de información, entretenimiento, educación y cultura.
Para garantizar
que la industria televisiva tutele los derechos de las familias, los
padres debieran poder expresar sus legítimas preocupaciones a productores
y responsables de los medios de comunicación social. A veces resultará de
utilidad unirse a otros formando asociaciones que representen sus
intereses en relación a los medios de comunicación, a los patrocinadores y
anunciantes y a las autoridades públicas.
III.- LOS QUE HACEN TELEVISIÓN
Aquellos que
trabajan para la televisión – dirigentes y responsables, productores y
directores, autores y estudiosos, periodistas, personajes de la pantalla y
técnicos – tienen todos serias responsabilidades hacia las familias, que
constituyen una porción tan considerable de su público. En su vida
profesional y personal, aquellos que trabajan en el ámbito televisivo
debieran comprometerse ante la familia en cuanto fundamental comunidad
social de vida, amor y solidaridad. Reconociendo la influencia de la
estructura en la que trabajan, debieran promover los valores espirituales
y morales sanos y evitar "todo aquello que pudiera perjudicar a la familia
en su existencia, en su estabilidad, en su equilibrio y en su felicidad",
comprendidos "erotismo o violencia, la defensa del divorcio y de actitudes
antisociales entre los jóvenes" (Pablo VI. Mensaje para la Jornada Mundial
de las Comunicaciones Sociales, n.2).
La televisión a
menudo se ocupa de temas serios: la debilidad y el pecado humano y sus
consecuencias para los individuos y la sociedad; el fracaso de
instituciones sociales, incluidos gobierno y religión; apremiantes
cuestiones acerca del sentido de la vida. Esta debiera tratar estos temas
de manera responsable, sin sensacionalismo y con sincera solicitud hacia
el bien de la sociedad, así como con escrupuloso respeto por la verdad.
"La verdad os hará libres" (Jn. 8,32), ha dicho Jesús y, al fin, toda la
verdad tiene en Dios su fundamento, que es también la fuente de nuestra
libertad y creatividad.
Al cumplir las
propias responsabilidades, la industria televisiva debiera desarrollar y
observar un código ético que incluyera el compromiso de satisfacer las
necesidades de las familias y de promover los valores que sostienen la
vida familiar. También los consejos de los mass media, formados ya por
miembros de la industria, ya por representantes del público, son un modo
deseable para hacer la televisión más reactiva a las necesidades y a los
valores de sus espectadores.
Los canales
televisivos, tanto de gestión pública como privada, representan un medio
público al servicio del bien común: éstos son la mera garantía privada de
intereses comerciales o un instrumento de poder o de propaganda para
determinar grupos sociales, políticos o económicos; su razón de ser es el
servicio al bienestar de la sociedad en su totalidad.
Por tanto, en
cuando "célula" fundamental de la sociedad, la familia merece ser asistida
y defendida con medidas apropiadas por parte del estado y de otras
instituciones (cfr. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1994, n. 5).
Lo cual subraya algunas responsabilidades por parte de las autoridades
públicas que se ocupan de la televisión.
IV.- LA IGLESIA
Reconociendo la
importancia de un intercambio libre de ideas y de informaciones, la
Iglesia sostiene la libertad de palabra y de prensa (cfr. Gaudium et spes,
59). Al propio tiempo, insiste en el hecho de que "el derecho de cada uno,
de las familias y de la sociedad al respecto de la vida privada, a la
pública decencia y a la protección de los valores fundamentales" ha de ser
respetado (Pontifico Consejo para las Comunicaciones Sociales, Pornografía
y violencia en las Comunicaciones Sociales: Una Respuesta Pastoral, n.
21). Se invita a las autoridades públicas a que establezcan y hagan
respetar razonables modelos éticos para la programación, que habrán de
promover los valores humanos y religiosos en los cuales se basa la vida
familiar y desanimarán todo aquello que es dañino. Las mismas debieran,
además, promover el diálogo entre la industria televisiva y el público,
facilitando estructuras y oportunidades para que pueda tener lugar.
Por su parte, las
agencias religiosas prestan un servicio excelente a las familias,
instruyéndolas acerca de los medios de comunicación social y ofreciéndoles
juicios sobre filmes y programas. En donde los recursos lo hacen posible,
las agencias eclesiales de comunicación pueden también ayudar a las
familias produciendo y transmitiendo programas para las familias o
promoviendo este tipo de programación. Las Conferencias Episcopales y las
Diócesis debieran saber mostrar, con energía, la "dimensión familiar" de
la televisión, como parte de su programa pastoral para las comunicaciones
(cfr. Pontifico Consejo para las Comunicaciones Sociales, Aetatis novae,
21-23).
Ya que los
profesionales de la televisión se esfuerzan en presenta una visión de la
vida a un amplio público, que incluye niños y adolescentes, tendrían que
poder disfrutar del ministerio pastoral de la Iglesia, que tanto puede
ayudarles a apreciar aquellos principios éticos y religiosos que confieren
pleno significado a la vida humana y familiar. "Programas pastorales en
grado de garantizar una formación permanente capaz de ayudar a estos
hombres y a estas mujeres –muchos de los cuales están sinceramente
deseosos de saber y de practicar aquello que es justo en el campo ético y
moral– a estar cada vez más imbuidos por los criterios morales, en su vida
tanto profesional como privada (ibid., 19).
La familia,
basada en el matrimonio, es una comunión única de personas que Dios ha
constituido en "la unidad fundamental y natural de la sociedad"
(Declaración Universal de los Derechos del Hombre, art. 16,3). La
televisión y los otros medios de comunicación social tienen un poder
inmenso para sostener y reforzar tal comunión en el interior de la
familia, así como la solidaridad hacia otras familias y un espíritu de
servicio hacia la sociedad. Agradecida por la contribución a tal comunión
en el seno de las familias y entre las mismas que la televisión, en cuanto
medio de comunicación, ha dado y puede dar, la Iglesia – ella misma una
comunión en la verdad y en el amor de Jesucristo, la Palabra de Dios –
aprovecha la ocasión de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
para animar a las mismas familias, a aquellos que trabajan en el ámbito de
los medios de comunicación y a las autoridades públicas a que realicen en
pleno su noble mandato de reforzar y promover la primera y más vital
comunidad de la sociedad: la familia.
Dado en
el Vaticano, 24 de enero de 1994.