|
98. Una vez más repetimos
que hoy la Patria requiere algo inédito para superar la situación en
la que nos encontramos. Al mismo tiempo, reconocemos un firme
llamado del Espíritu a través del Papa Juan Pablo II, que nos
impulsa a inaugurar con firmeza y perseverancia una nueva etapa de
la evangelización de nuestro pueblo. El mandato misionero nos
introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo
entusiasmo que los cristianos de los primeros siglos. Para ello
contamos con la fuerza del Espíritu, que fue enviado en Pentecostés
y que hoy nos impulsa a partir animados por la esperanza.
99. La Iglesia en la Argentina quiere asumir un nuevo dinamismo
pastoral y recrear un intenso ardor evangelizador. El Gran Jubileo,
como toda experiencia de gracia, ha cumplido la función de
desentumecer nuestras piernas para el camino que nos espera.
Convertirnos es también renunciar a la
inercia y a la comodidad. Hay un nuevo camino que emprender,
colmados de una esperanza que no defrauda. No vale la pena demorar
la partida.
100. El Evangelio de Jesús
nos ofrece motivos de sobra para alentar esta peregrinación
evangelizadora. Su mensaje es el que necesitamos escuchar para
alcanzar una vida mejor. No hay excusas que justifiquen la dejadez y
las demoras. El Espíritu Santo puede infundirnos toda la fuerza y el
impulso que nos hace falta. María es el signo de esperanza más bello
que podemos pedir. Naveguemos mar adentro nutridos por la Palabra y
reconfortados en el banquete de la Eucaristía.
Que Jesús resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino,
dejándose reconocer como a los discípulos de Emaús al partir el
pan (Lc 24,30), nos encuentre vigilantes y preparados para
descubrirlo y correr hacia nuestros hermanos llevándoles el gran
anuncio: ¡Hemos visto al Señor! (Jn 20,25).
|